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lunes

REFLEXIONES



UNAS REFLEXIONES TONTAS

 

Esta noche, después de cenar, y aunque no es costumbre, he encendido un cigarrillo y me he asomado a la ventana de la cocina pera disfrutar de él; he llegado a conseguir convertir un posible vicio en placer. Esta ventana da a la trasera del bloque, con lo cual la vista que tengo en esta parte del edificio es lo que se conoce como “el ojo patio”. El silencio inunda los sentidos, sin embargo, cuando a este se le presta la atención debida, te habla; te sumerge en un sin fin de sensaciones, y es curioso la cantidad de reflexiones a las que se pueden llegar. Este es un periodo equinoccial al que no estamos acostumbrados, pues hace un calor impresionante -quien diría que hoy treinta de Octubre y aún estoy sin camisa, me encanta estar sin ropa. Estoy en estos pensamientos acerca del día de hoy cuando, sobre los brillantes azulejos del alfeizar de la ventana, aún deambula una hormiga, a ella también el calor la obliga a retrasar su regreso al nidal; observo, perfectamente, cómo se detiene, me mira desde el descaro propio de su condición animal y me mira; intuyo el gesto esotérico de quien ha visto algo o a alguien y tan sólo se le ocurre, de forma indiferente, encogerse de hombros, aunque nunca había reparado en averiguar cómo serán los hombros de una hormiga. Ha seguido su camino.

El reloj del salón ha dado once campanadas, una hora semejante a la de eta mañana cuando junto a mi esposa paseábamos por la peatonal calle san Jacinto con el fin de tomar un café disfrutando de la mañana así como del deambular de tanta gente entre congéneres naturales y turistas, cuánto hemos ganado con este trozo de calle libre de contaminación automovilística, excepción del cruce autorizado entre las calles Alfarería y Rodrigo de Triana, y sobre el que pienso se podría eliminar.

Absorto en el recuerdo de la mañana e inmerso en ellos aún en el sótano de mis retinas aparece la imagen de la gitana ofreciéndonos una ramita de Romero Verde; mi esposa le llama la atención y le dice: ¡mi arma somos de Triana! La gitana se va con mala cara, no sin antes y entre dientes dejar caer, propio de esta gente, alguna que otra, para algunos, dolorosa maldición, el caso es que una mesa más allá consigue enganchar a un matrimonio extranjero ya mayor, y por lo visto de aquellos que viven la superstición en profundidad, ya que no sólo se hicieron cargo de la dichosa ramita, sino que además cayendo en la trampa tendida por la habilidad de la calé, no sólo le dieron la voluntad, sino que atendiendo a la demanda, sopena de la consabida maldición, le entregaron diez, euros, diez euros; de lo más lamentable, ¡qué habilidad! y por otro lado ¡cuánta inocencia! o tal vez fuera miedo si es que captaron lo dicho anteriormente. Vaya Vd. a saber. Pues ahí andaba yo en estas elucubraciones...

La obscuridad invade todo el entorno de la ventana, sólo se oye el sonido de la lavadora que Luisa ha puesto con idea de que al ser ropa de color, mejor tenderla de noche, no obstante y en este momento en el que estoy dando las últimas caladas a mi cigarrillo, se encuentra en el estado de desagüe y cuyo repetitivo sonido parece decir: acaba ya, acaba ya, acaba ya, y es que me espera el ordenador para seguir con un nuevo capítulo de la novela que traigo entre manos, y es que a diferencia de aquellos tantos novelista y escritores que vemos en las películas ante su máquina de escribir y con un cigarrillo entre los labios, yo soy incapaz de fumar.

Anecdóticamente quien me quito de la ventana no fue el final del cigarrillo, sino un mosquito -hembra que es la que pica-, y que me hizo cerrar la ventana y coger el bote del amoniaco que es lo mejor que hay para las picaduras. Ahora después de este pequeño relato, estoy metido de lleno en mi nueva novela...

miércoles

CRISOPEYA


CRISOPEYA

La constitución, elaboración y posterior destrucción de los cuerpos; la restitución de la naturaleza corpórea, la separación del espíritu del cuerpo y la fijación de este en aquél, no es en modo alguno un procedimiento casual, sino causal y perfecto, tanto en los duros minerales, como en la húmedas plantas, o en los animales fueren o no racionales.
            En esta transformación de la Naturaleza rige la Luna y el inexistente e inexacto tiempo.
           Necesitamos pues, ineludiblemente, un Matraz, un Matraz de angosto cuello y exuberante panza.

“Estaba yo dentro del Matraz, en la panza. Pasó tan cerca que casi me rozó. Era un arrogante jinete sobre un poderoso caballo Negro. Su vestidura era Blanca, tan Blanca que deslumbraba, y su escudo y lanza de un Rojo fuerte. Y todo el conjunto cabalgando sobre su también Roja montura.
             Empezó a subir por la escalera, la de los siete grandes escalones; le costaba trabajo, tanto que daba la sensación que bajaba más que subía.
            Comencé a correr con todas mis fuerzas para tratar de alcanzarlo; le quise advertir del peligro que corría si empezaba a subir sin saber a dónde llevaba. Me paré. Pensé que yo tampoco sabía a dónde iba.
            El caballero subía después de no sé cuánto tiempo. Por fin había podido llegar hasta el primer escalón. No lo distinguí bien, pero casi vi que caballo, caballero y escudo habían, aunque suave y levemente, cambiado de color.
           Ahora el caballo Negro no me pareció tan Negro; las vestiduras blancas estaban, si cabe, aún más blancas, y la impedimenta unida a la montura habían tornado su color Rojo intenso por un rosado, como la Rosa que florece en Primavera.
           Corrí con todos mis fuerzas con ánimo de advertir a aquel desconocido de lo que había al final de la escalera, y no sé por qué porque ya dije antes que yo tampoco sabía que podía haber allí.
           Una gran puerta Negra, muy Negra y grande, muy grande que me pareció muy antigua se cruzó en mi camino. Me detuve tan rápidamente que casi caigo de bruces sobre un piso sin suelo. Miré hacia arriba y no vi más que negrura. Todo había desaparecido: escalera, caballo, caballero, y ante mí, la enorme puerta Negra.
            No sé cuánto tiempo estuve allí. De pronto la puerta empezó a girar sobre sí misma y me dejó ver un interior tan Negro como ella. Sentí miedo, pero obedeciendo a un extraño impulso penetré hacia ese interior Negro sin tener conciencia de que este principio podía ser el final”.
           - Hola. -Me saludó una figura azulada que allí se encontraba.
          “No sé si era hombre o mujer, o más bien un ser extraño que no había visto jamás. Un ser semihumano, semianimal, semivegetal me miró con ojos viejos, rojos, fuertes y encendidos como ascuas.
           Empecé a temblar. El sudor invadía todo mi cuerpo. Aquel ser extraño, sin humanidad y sin animalidad, me indicó que le siguiera. Con paso temblón y sin saber lo que hacía fui detrás de él.
          Todo eran tinieblas, como las tinieblas cuando están en tinieblas. Me perdí, corrí como siempre, temblando y allí estaba el ser azulado.
           No andaba, estaba quieto, siempre en el mismo sitio. Corrí hasta que mis fuerzas se agotaron y no pude alcanzarlo. Caí extenuado a un suelo sin suelo; los ojos se me cerraron en un sueño de angustia y cansancio, lleno de temor y pánico.
           El ser azulado seguía allí, también en mi sueño, también en mi sopor. Me indicaba otra vez con un fuerte ademán que le siguiera. No puedo, estoy agotado, lleno de sopor y sueño, lleno de angustia y cansancio, lleno de temor y pánico.
          Él seguía allí, llamándome. De nuevo el sueño se convirtió, no sé si de pronto en día o en años, en un sueño profundo del que no pude despertar.
          Estaba en mi Matraz, en la panza. Intenté subir por el angosto cuello, para poder escapar de allí. Lo intenté una y otra vez, pero no pude.
          Dejé de insistir. Supe que no se trataba de una evasión. Lo que estaba intentando era escapar de mi mismo, cosa imposible en esta Naturaleza.
           Aprendí que en vez de escapar tengo que convertirme en mi mismo.
          En la transformación de la naturaleza, de mi Naturaleza, rige la Luna y el inexistente e inexacto tiempo.
          Necesitamos un Matraz para...
 
 

jueves

DÍA NACIONAL DEL LIBRO

 
El regalo para mis seguidores y lectores en éste 2015

AQUELLA MALDITA MONEDA
(Opúsculo)

I

El camino era muy hermoso en aquel tramo. Discurría cuesta abajo, en suave pendiente, por un bosque repleto de verdes helechos y carrizos que crecían al pie de los troncos de los árboles. Los rayos del sol penetraban entre las hojas de las frondosas ramas creando bellos contrastes y matices de luz y sombra, haciendo también resplandecer algunas telas de arañas como brillantes tejidos de plata en los roquedales oscuros. Un permanente zumbido de monótonos insectos se oía en todas partes, así como el canto feliz de las aves. La espesura enviaba aromas de frescas plantas de aquellas que nacen y germinan libres junto a los arroyos. A lo lejos, se divisaba el valle, por donde la senda se abría paso en medio de amarillos campos de heno, hasta llegar a una pequeña aldea de sencillas casas de piedra y adobe.
Cuatro caminantes avanzaban a buen paso, en dirección al norte. Eran cuatro peregrinos camino del santo templo del Apóstol Santiago, allá en Compostela. Se conocían bien entre ellos, después de muchas jornadas de calzada. El primero era un fraile de aproximadamente veinticinco años que vestía pobre hábito y caminaba descalzo. El segundo, un comerciante metido en carnes, que iba en acción de gracias por la milagrosa cura de un hijo tras haber contraído una grave enfermedad. El tercero, un joven caballero perteneciente a la Orden de Santiago, que hacía penitencia antes de formular sus votos y que, arrepentido, purgaba sus muchos pecados peregrinando desde las lejanas tierras del sur. El cuarto era un sencillo cura de pueblo, que tras haber asistido a muchos peregrinos en su pequeño hospitalito, jamás había realizado su propio peregrinaje.
Se habían ido juntando los cuatro a medida que se encontraron por el camino; ya fuera a las puertas de una ciudad, en el solaz de una fuente, en un hospital de peregrinos o en el avanzar por la, en ocasiones, soledad de los campos. Ahora después de largas horas de fatigas compartidas, eran ya como hermanos. Cada uno había contado a los demás lo que le pareciera bien dar a conocer de su vida. Los peregrinos suelen desahogarse contando sus cuitas y pesares a los compañeros que Dios les pone en el camino; es alivio, catarsis, confesión y manifestación de esperanza. A fin de cuentas, en la vastedad del mundo, ¿volverán a encontrarse en alguna otra ocasión? Cada peregrino es un Espíritu errante, anónimo y desnudo .
Únicamente el fraile se mantuvo más reservado. Sólo había dicho que pertenecía a un convento norteño, y que intentaba expiar pecados de una no recomendable existencia pasada; pero no reveló de dónde era, ni confesó cuáles eran tales culpas. Era hombre apreciablemente culto, más igualmente reservado. Sus ojos de penetrante mirada no podían disimular la mucha sabiduría y experiencia que atesoraba aquella mente misteriosa.
Alcanzaron los cuatro peregrinos el valle caminando en silencio. Aunque andaban fatigados, pareció deleitarlos la visión de la mies entre los campos de labor, el pequeño riachuelo de orillas verdeantes y el caserío con su sencillo campanario. El fraile puso palabras a lo que a buen seguro todos pensaban:
-¡Oh, Señor, bondadoso Dios, que maravilloso y apacible lugar!
Un muchacho que aventaba el grano en una era cercana a la entrada de la aldea, corrió a solicitar bendición. Se arrodilló y les rogó entre sollozos que pidieran por él en el templo del Apóstol. ¡Yo también quiero ir a la Gloria!
Los peregrinos se conmovieron mucho. Bendijeron al muchacho y éste, agradecido, les indicó dónde estaba la fuente. Cuando se adentraron en la aldea, el joven caballero comentó:
- ¿Qué pecados va a tener aquí esa criatura?
- Bendito de Dios -dijo el sacerdote-: Le espera al pobre muchacho una dura vida de trabajo en estos apartados lugares. He ahí el misterio del nacimiento: unos vienen al mundo en palacios y otros en la miseria. Todos hemos de hallar la manera de salvarnos. Dios se apiade de ése joven y de nosotros.
Llegados a la fuente, bebieron y rellenaron sus calabazas. Los vecinos les proporcionaron en una parte de un establo, un pajar limpio para dormir y algunos alimentos. Descansaron, y en la tibieza del nuevo amanecer prosiguieron su camino.
Algunas leguas después de haber abandonado la aldea, cuando se adentraban de nuevo en los bosques, el fraile rompió a llorar repentinamente. Se detuvieron los cuatro. Extrañados, los otros tres peregrinos contemplaban a su compañero, sin saber que hacer. Hasta que el cura, compadecido, le dijo:
- Habla, hermano, no guardes más lo que te causa tanto sufrimiento y congoja. Dios no ha de dejar de ayudarte. Dinos que te pasa...
- Sí. -dijeron al unísono tanto el joven caballero como el comerciante. Saca todo aquello que te atormenta. Tu corazón te lo agradecerá pues no hay nada mejor que una confesión en público. El padre Basterra tiene razón.
El fraile se enjugó las lágrimas con la manga del hábito de peregrino, suspiró y habló al fin:
- Para vosotros, hermanos, varones castos y sensatos, de poca de edificación puede resultar el relato de mi vida. Soy un gran pecador, porque así fui engendrado, y sin moverme a conversión, el pecado mordió mi carne débil con todos sus dientes. Satanás tomó asiento en mi alma de tal manera que ni los más prudente consejos de hombres sabios y buenos hicieron mella para frenar las injusticias que causé. Más, como os veo caminar deseosos de conocer los motivos de mi peregrinaje, os contaré sin reserva alguna los hechos de la mala existencia que he llevado hasta el día de hoy. Es hora de expiar las culpas, y el sufrimiento que me causa la vergüenza que sentiré al narrar mis iniquidades, ¡sírvase Dios aceptarlo como purificación!
-¡Ea, hermano! -exclamó el sacerdote, poniéndole suavemente la mano en el hombro-. Consuélate pensando que todos somos pecadores.
- Todos sí, más no tanto como yo. Mi vida es un dechado de mentiras y engaños, pasiones, vicios, infidelidades...; un desierto hecho de malas acciones de luctuosa memoria.
- Aun así -replicó el cura-, mayor ha de ser la misericordia del omnipotente y Altísimo Señor.
Detuvose el fraile y miró al cielo con implorantes y enrojecidos ojos. Luego rompió a llorar. Muy quietos, los otros tres peregrinos le miraban desconcertados. Destapó el clérigo su calabaza y le ofreció un trago de agua, compadecido al verle en tal estado.
- Anda, bebe, hermano -le dijo con dulzura-, y olvida tu vida pasada. No es menester recordar lo que tanto te hace padecer. Por malo que sea, Dios lo ha de perdonar aunque ante su Justicia tengas que rendir cuentas. Caminemos ahora con sosiego respirando este aire puro de la mañana, en medio del silencio, sin otro rumor que el de las hojas de los árboles y esos pájaros que saludan a los primeros rayos de sol del día.
Se mojó los labios el fraile y después se enjugó las lágrimas con la boca de la manga. Tenía una mirada tristísima, perdida en el horizonte, y una expresión amarga prendida en el rostro. Inspiró profundamente y pareció calmarse, pero aun sollozó durante un rato. Dejó escapar finalmente un largo suspiro, como un quejido, y dijo:
- Es cierto, hermanos, he de continuar hasta el final, ¡ojalá con esta peregrinación mi alma quede descansada de tanto tormento!
- ¡Claro que sí, hermano! -exclamó el joven caballero-. ¡Habla! ¡Suéltalo todo! Los cuatro somos desconocidos y procedemos de diversos lugares, ninguno podemos perjudicarte.
- No, no... -replicó el comerciante sin ser capaz de disimular su afán y curiosidad-: Debe hablar. Ha de desahogarse. ¿De dónde vienes hermano? ¿Acaso eres Prior o Abad de un monasterio, tal vez? ¿Capellán de la hueste de un Señor, de un Rey, quizás? Tu distinguido aspecto, a pesar del hábito de penitente, delata que no eres fraile solamente de oración, misa y olla...
- Halla caridad, hermanos -propuso el cura, extendiendo los brazos-. Dejemos que sea él quien decida, sin atosigarle. Si desea hablar y ello aligera su conciencia, hable; si tiene hondo pesar por ello, calle y guárdese dentro lo que le atormenta. Dios, que todo lo ve, le aliviará cuando lo tenga a bien en su divina providencia.
Más tranquilo por este sabio consejo, el fraile dijo:
- Mi vida transcurre toda delante de Él. Más quien soy está oculto a los hombres. Por eso voy a hablar. Y os ruego, compañeros de camino, que hagáis oídos sordos a los nombres de las personas y lugares que citaré en mi relato, como si no los dijere. Olvidad los detalles de mi historia y mirad mi vida como la de uno de tantos pecadores que yerran por este mundo engañoso.
- Sea como pides- otorgó el fraile en nombre de los demás-: En este camino, los cuatro somos sólo peregrinos que van en busca del altísimo Señor, olvidados de sus ciudades, casas y parientes. Hagamos juramento de no decir nada a la vuelta del peregrinaje. Puesto que luego el espíritu es débil y puede ceder a la tentación de revelar el secreto,
- En la vastedad de este mundo- comentó el comerciante-, ¿a quiénes pueden importarle los pecados de un anónimo peregrino?
- Aun así -dijo el joven caballero-, opino como el hermano: hágase juramento ante Dios y no se hable más.
II

Los tres caminantes sostuvieron en la mano la cruz del sacerdote y pronunciaron un breve juramento. El fraile, que se disponía a contar su historia, se tranquilizó tras este gesto, e inició el relato de los hechos que le quemaban por dentro.
Recuerdo Soria. Aquella ciudad donde el frío se aferraba a las piedras. ¡Oh, Dios, cómo la recuerdo! Era yo tan pequeño como el más insignificante grano de trigo. Había junto a nuestra casa una tahona que emitía todas las mañanas aromas de pan tierno. Dormía junto a mis padres y su calor era lo más dulce del mundo: pero el despertar me devolvía con el sol diariamente el hambre. Era ese hambre que nace con los primeros dientes. No tendría yo cinco años y mis hermanos menores amanecían agarrados al pecho de nuestra madre. A mi edad, no había más leche para mi que una aguada mixtura hecha de bellotas y castañas machacadas , harina tostada y miel; muy poca miel, sólo la suficiente para dejar en el paladar una triste añoranza de la teta perdida.
Vagábamos los niños por las calle embarradas, junto a las cabras y los cerdos. A mediodía, me embargaba una debilidad tan grande que me hacía perder el sentido de la existencia. Me dormía de repente echada sobre un montón de arena y sentía lejanos a los niños, en mi tibio sueño, a mi alrededor, enfrascados en sus juegos, voces y risas. No sé de dónde sacaba fuerzas para corretear al despertarme. Íbamos a solicitar algún mendrugo a la casa de los ricos. Éramos despedidos a escobazo limpio. Si alguien se compadecía y nos arrojaba un puñado de ciruelas pasas, no nos hacía ninguna merced, sino que nos abocaba a una pelea cruenta. Más de una vez me abrieron la tierna piel a dentelladas los muchachos mayores. ¡Creedme, soy hijo del hambre!
Recuerdo que alguien anunció que venía el rey. Mi padre estaba alegre como el más feliz de los hombres. ¡Ahora acabarán nuestras penas! -decía. Pasaban los días, las semanas y los meses. Para un niño, la vida transcurre lentamente. Quizá pasó un año. No sé cuánto tiempo. Se olvidó esa promesa.
Llovió mucho en Otoño. Nevó luego como si el cielo quisiera cubrir la tierra. Sería Abril cuando decían que no había pasto para las reses, y la gente se moría agarrotada y firme como pura roca. La primavera se retrasó y sólo comíamos también gachas rancias. Mis hermanos pequeños murieron aferrados a los pechos secos de nuestra madre. El cielo estaba tan oscuro como las enlutadas mantillas de las viejas.
- ¡Llega el rey! -oímos gritar una mañana de mayo, cuando las campanas de la catedral despertaron a todo el mundo.
Mi padre se echó la raída capa sobre los hombros y fue a ver. Cuando regresó, gritó:
- ¡Ya viene! ¡Ya llega el rey! ¡Por fin! ¡Dios sea loado!
Mi madre estaba muy enferma, pálida y triste. Apenas esbozó una sonrisa y se quedó muerta. Creo que, como mucha gente, vivía esperando ese momento, la llegada del rey. Pero no le quedaron fuerzas para gozarlo.
Un sacerdote roció con agua bendita toda la casa. Amortajaron el cuerpo con una manta remendada y lo llevaron a la iglesia, en cuyo huerto la sepultaron. El sol primaveral de la mañana bañó la húmeda tierra. Una anciana vecina me envolvió con su toca y toda la tristeza del mundo me cubrió ese día.
Transcurrió la primavera casi tan fría como el invierno. Hasta bien avanzado el mes de mayo no cobró fuerza el sol, cuando cesaron los abundantes y helados aguaceros. Después de tan largos y oscuros tiempos, pareció que brotaban las flores de la creación. Los prados grises se tornaron verdes, amarillos, blancos, rojos y morados. Las reses pacían orondas, rebosantes de salud, mas sabíamos que nadie probaría su carne, que estaba reservada únicamente para los señores y los canónigos de la catedral.
Tal y como anunciaron, no bien se cumplieron dos semanas cuando al fin se oyeron a los lejos las trompetas y los timbales una bonita mañana de primeros de Junio. Llegaba el rey.
Soria amaneció engalanada con ramas de olivo, juncia y ciprés, flores, estandartes y tapices en los balcones de todo los palacios. Se congregaban los caballeros y nobles del reino venidos de las llanuras y los montes, así como los hombres del alto burgo de cuantas ciudades, villas y aldeas tenían renombre. Coros de austeros monjes y frailes salían de sus monasterios y conventos para entonar la salmodia en las plazas.
Los niños nos metíamos por entre las piernas de las gentes, como perrillos curiosos, para ir a gatas a ponernos en primera fila. Nos llovían pescozones, puntapiés y pisotones por todas partes, mientras aspirábamos casi a ras de suelo el nauseabundo olor de las inmundicias que cubrían la tierra: heces de animales y personas, orines y desperdicios. Pero podías encontrar felizmente algo que llevarte a la boca en medio de aquel jolgorio: algún pedazo de galleta, un trozo mordisqueado de manzana, habas secas, nueces o almendras garrapiñadas que se les caían a los ricos en el ajetreo de ir a buscar un buen lugar para ver la llegada.
Recuerdo todo aquello con la luminosidad propia de la mente de los niños. Me pareció que Dios Nuestro Señor mismo bajaba a la tierra rodeado de todo sus ángeles. Resplandecía la catedral bajo el sol de mediodía en un firmamento limpio, azul, lleno de alborotados pájaros que revoloteaban asustados en todas direcciones. Entre los cantos y el bullicio alegre de la multitud, vine a creer firmemente que estaba próximo el fin de todo mis males, puesto que el rey pondría remedio a las hambres y las enfermedades.
Oyose estruendo de caballería bellamente enjaezada. Apareció una hueste bien organizada que venía en alegre trote, alineados de cuatro en cuatro, por la calle mayor para abrir paso. Enseguida entraron peones de a pie, con sus trompas, flautas y sacabuches, soplando a todo meter, como si llegaran cien bueyes mugiendo embravecidos. Toda esta gente se fue por las calles adyacentes para dejar desocupado en centro de la plaza Mayor. Entonces se vio venir a los caballeros sobre sus monturas, bien pertrechados con pulidas armaduras que parecían de plata. Cada uno de ellos llevaba el pendón con sus armas bordadas en vivos colores. Siguieron los condes, duques, obispos y abades de ampulosos ropajes, túnicas, capas y vistosos hábitos. Causaron la mayor impresión las damas, por sus altos tocados de diversas sedas, plumas y complementos coloridos; por sus manos enguantadas y los delicados jaeces y gualdrapas de sus monturas, así como por las muchos cascabeles que tintineaban prendidos de los arneses.
Los tamboriles y las dulzainas avisaban de que estaba próximo el monarca. Entonces el gentío se agitó mucho y clamó en griterío solicitando los favores que esperaban de esa venida; auxilios de todo tipo, trigo, simientes, hierro para forjar herramientas y armas, dineros y licencias para poder ocupar pequeñas parcelas de labranza.
Salió de la catedral en procesión la imagen de la Virgen por la puerta del Evangelio al tiempo que se alzaban al cielo los tañidos de un par de campanas. En ese momento irrumpió el rey en la plaza cabalgando sobre un brioso y blanco corcel. Vestía el monarca armadura de placas y camisola de cota de malla, sobre el que lucía el sobreveste ajustado de magnífico y bien elaborado tejido color azul con bordados de oro y plata. Cubría su cabeza un casco al medio punto y circundado por la corona real, el cual se sacó nada más encontrarse ante la Virgen. Al tirón del palafrenero, el caballo se arrodilló extendiendo sus gualdrapas por el suelo y dando comodidad al rey para poder descabalgar, Fue seguidamente a postrarse ante la bendita imagen. Me fijé en su cara; era apenas un muchacho de escasísima barba y rostro sonrosado.

III

Iniciaron los monjes sus cantos, pero enseguida fueron ahogados por los gritos de la multitud que, recuperada de su inicial asombro, enloqueció de entusiasmo:
- ¡Santa María guarde a nuestro señor el rey! ¡Viva el rey! ¡Viva, viva, vivaaa...!
Ya no pude ver más, pues aquella turba incontenible logró rebasar a los soldados de la guardia que la mantenía a prudente distancia y avanzó en avalancha hasta nuestro rey. Fue entonces cuando sentí una fuerte patada en la boca y pronto saboreé el salado y dulce brotar de la sangre en los labios. Entonces comprendí la causa de la colectiva locura; todo el mundo se agachaba a recoger las monedas que los lacayos del rey tiraban al aire. Cientos de manos ávidas recorrían el suelo para hacerse con la plata.
Estaría de Dios que sacara yo algo bueno de aquello, porque cayó delante de mis narices un ennegrecido maravedí de plata, quizás entremetido involuntariamente entre otras monedas de menor valor. Mi pequeña mano saltó como un resorte y lo asió de tal manera que una vieja ladrona que se dio cuenta de su valor, y que estaba a mi lado no consiguió quitármelo, por fuerte que me clavara en los dedos sus sucias uñas y el único diente que le quedaba en su boca casi desdentada.
-¡Suéltalo o te mato, niño asqueroso! -me gritaba aquella arpía.
Pero yo logré zafarme de ella y corrí de allí como alma que huyese del diablo. Y cuando, seguro ya detrás de una esquina y lejos de la multitud, abrí los agarrotados dedos y contemplé extasiado mi tesoro, me sentí la criatura más dichosa de la tierra. Sin embargo, hermanos, aquello que tanto deseó mi material naturaleza de pobre sería mi desgracia...
- Pero entonces eras muy pequeño -dijo el comerciante-: Además aquella moneda no la robaste. ¿Por qué entonces lo cuentas con tanta tribulación...?
- Porque, hermanos, aquella moneda la tuve guardada como oro en paño durante años, y cuando cumplí la edad suficiente para que se me respetara como hombre la saque le di brillo y ello fue mi perdición.
En aquellos años yo trabajaba para un acaudalado señor y propietario de una gran inmensidad de tierras, un molino, un número inimaginable de ovejas, así como de varios telares, y un Batán el cual estuvo a mi cargo y en el que me dedicaba a desengrasar los tejidos o darle cuerpo. Aquella inmensa heredad se encontraba en un importante pueblo cercano al río Duero. Mi entrega y mi honradez en el trabajo me hicieron acreedor de la confianza que el señor tenía depositada en mi, y fue por ello que me decidí a hablarle de aquella moneda que guardaba desde hacía años y que no había sacado, ni de la que le había hablado o contado nada a nadie por temor a que pudieran acusarme de haberla robado, o sabe Dios que otra acusación podrían haber vertido algunos contra mi ante el triste espectáculo de mi larga pobreza.
Sin embargo, aquella tarde de Sábado y tras haberle rendido las cuentas de la semana a mi señor, sentados bajo el frescor de la parra existente al lado de la puerta de entrada a la casa, vi que era el momento oportuno de hablarle de ello, cuando me invitó a bajar con él al pueblo con el fin de tomar juntos unos vinos. Durante un rato que a mi se me hizo una eternidad, me dijo: “Has hecho bien hablándome de ello pues de otra manera, es muy posible que te hubieras metido en problemas dada la condición de la mayoría de las gentes, pero no te preocupes; lo primero que vamos a hacer es cambiarte esa moneda con el fin de que comiences a disfrutar de ella, comenzando por comprarte algunas ropas mejor que las que te proporcioné hace tiempo y que también has cuidado”.
Me hizo ir por la pieza, y al entregársela, sonriendo me la devolvió y entró en la casa saliendo seguidamente con un cofrecillo. Lo abrió y sacó una de las bolsas, metió la mano de nuevo y asió una bolsita pequeña en la que contando comenzó a verter un montón de monedas; yo no salía de mi asombro al contemplar la escena, principalmente, porque pensaba cuando iba a parar de meter monedas, nunca había visto tantas en mi vida: Me miró y me dijo Aquí tienes; son pepiones y algunos burgaleses, cuídalos y no lleves encima nunca más de lo que vayas a gastar. Hoy podrás hacer uso de algunos dineros en el pueblo.
No cabía en mi de gozo. Estaba tan extasiado que no me di cuenta de como una de las criadas de la casa, de poco fiar, por cierto, había estado contemplando aquella, digamos transacción, escondida tras la cortina de la ventana que daba afuera, y la cual de seguro habría oído la conversación con toda nitidez.
Cuando ya, pasadas las doce regresábamos a la casa, me fui directamente hacia el cobertizo que, gracias a su bondad, mi señor me había cedido y en el cual me había provisto de un catre con colchón de lana de la que normalmente era desechada para su comercio, dada su baja calidad, una mesita ya inservible y que fuera antaño usada para la matanza, y una silla a modo de único mobiliario, excepción hecha de una especie de hornacina con puerta robada al grueso muro sostén de la parte trasera de la casa.
Todo fue entrar en el cobertizo y quedarme atónito, fue una. Con una pobre ropa interior, aquella pelandusca de criada se encontraba tendida sobre mi jergón invitándome descaradamente a que lo compartiera. -Mañana es Domingo -me dijo-: Y como no hay que trabajar podíamos pasar la noche juntos...
Aquél cuerpo joven y hermoso, pues andaría alrededor de mi edad, se me ofrecía; era la primera vez que me encontraba en semejante situación, lo que se dice un auténtico novato en esas lides, por lo que siempre he pensado que no fue ella la que me hizo caer en la ratonera; reconozco que fui yo y solamente yo el que me metí en aquella trampa, ora por ello, ora por desconocimiento de lo que vendría después; el caso es que solté el hatillo de las prendas que acaba de comprar, me desnudé dejándome los calzones y me eché a la cama con ella. ¡Estúpido! ¿Cómo no me pasó por la imaginación lo que ello me acarrearía más tarde? ¿Cómo no pensé: si nunca me ha mirado bien, a que venía el que ahora se me entregaba? La noche transcurrió descubriendo a cada momento cada una de las partes más íntimas de la mujer, a la par que ella me hacía gozar con las caricias más excitantes que jamás pude imaginar; ella era la que al principio se colgaba de mi hasta que después era yo el que febrilmente entraba en ella una y otra vez hasta quedar extenuado.

IV

A la mañana siguiente ya muy tarde nos levantamos y tras un frugal desayuno, y preguntar al señor si necesitaba alguna cosa, decidimos bajar al pueblo. La noche pasada no desaparecía de mi cabeza; abombada aún y sin muchos reflejos no me di cuenta de como Berta, que así se llamaba la mal nacida, me iba sonsacando algunos dineros. Cierto que no andaba bien de ropa, por eso le compré algunas prendas ya usadas, aunque en buen estado, unos zapatos y algún que otro capricho des que ya no se desprendería con sus mimos y caricias.
El Domingo siguiente caí en la trampa de la taberna, y entre vasos de hidromiel y cerveza fuerte, se presentó el que según ella era su hermano; un muchacho mayor que yo y de anchas espaldas que tras la presentación me dijo trabajaba en la Herrería; aficionado al juego me invitó a una partida de cartas en unión de otros conocidos suyos. Yo no quería pero, la insinuante mirada de la muchacha me hizo pensar: “¿Porqué no?” Con algunas ganancias en el bolsillo y el pensamiento de que aquellas novedades habían estado bien transcurrió la semana, por lo que al Domingo siguiente ya fui yo el que pidió jugar. Perdí todo lo que llevaba, sin hacer el más mínimo caso a la recomendación de mi señor.
Ante la apremiante necesidad de recuperar lo perdido, y la supuesta amabilidad del hermano de la joven embaucadora ofreciéndome unos dineros en calidad de empréstito, y la insinuación de ésta a que aceptara, le pedí una cantidad que también perdí, por lo que decididamente nos volvimos a la hacienda. Por el camino me preguntó el modo de devolverle aquellos dineros a su hermano, aduciendo que tuviera cuidado con él porque tenía muy malas pulgas. La tranquilicé diciéndole que no había ningún problema. Pero, cual no sería mi estupor cuando al separar la piedra del hueco que en un rincón del suelo guardaba los pepiones, me encontré con la indescriptible y amarga sorpresa de verme robado, de encontrarme tan sólo con unos pocos burgaleses que no me alcanzarían para nada.
Con motivo de la entrega de unos aperos de labranza para mi señor, se presentó una mañana el hermano, yo por casualidad me encontraba en las inmediaciones de los establos por lo que al verme, con una mirada y un gesto me dio a entender que quería decirme algo, y ello era que quería sus dineros el Domingo siguiente y que si no que me atuviese a las consecuencias. En semejante callejón sin salida, no se me ocurrió otra cosa que aprovechando la ausencia en la capital de mi señor y conociendo sobradamente la existencia del cofrecillo, no dudé en sacar de aquel una cantidad suficiente no sólo para pagar la deuda sino para mantenerme por un tiempo y mantener aquel ritmo de vida que en mala hora había descubierto. Por lo que aquella misma tarde salí de la hacienda dirigiéndome al pueblo, entrando en la Herrería y liquidando la deuda. Había lastimado cruelmente a aquél que también me tratara durante años.
Los dineros robados me duraron bien poco ya entrado en la dinámica del vicio del juego y las rameras, por lo que mi vida se convirtió en un infierno. Llegué no sólo a robar en repetidas ocasiones en casas de ricos y pobres. El más grave de todos, en mi desesperación, lo realicé una noche cuando tras haber entrado en la pequeña iglesia y hallarla completamente vacía de fieles, observé que el Sagrario en el altar mayor se encontraba abierto, por lo que no dudé en acercarme, introducir la mano bajo el velo y sustraer un copón de plata lleno de obleas las cuales quedaron esparcidas sobre la mesa de celebraciones. Cuando abandonaba el ábside tropecé con un reclinatorio en la penumbra; tras el ruido apareció el Párroco el cual incriminándome se me echó encima, como pude lo esquivé al tiempo que le daba tal empellón que el hombre cayó de espaldas golpeándose en la nuca con el quicio de la puerta de la Sacristía, y quedando allí tendido boca arriba mientras que bajo su cabeza se formaba un charco de sangre. (No obstante, años más tarde tuve conocimiento de que no había muerto). Sin detenerme a averiguar si lo había matado, y recogiendo del suelo su libro de oraciones salí huyendo en dirección a la taberna que había a la salida del pueblo; allí ante unas frascas de aguardiente se hizo noche cerrada. Cuando abandoné aquel antro ya fuera de mi y tambaleándome debido al excesivo grado de ebriedad, llegué hasta el extremo de cometer la fechoría de violar a una jovencita que no alcanzaría la edad de trece años, con la que me topé al volver una esquina, y a la que abandoné tirada, envuelta en su toquilla y perdido el conocimiento.
Escapando una vez más a los montes, y cambiando de región, unas veces al Oeste otras al Norte por cuyos caminos y veredas navarros bajé para, casualmente, encontrarme con aquel convento a cuyas puertas pedí asilo y el deseo de entregar el resto de mi vida a la labor religiosa que los monjes allí existentes practicaban entre la contemplación y el estudio. Ni que decir tiene que fui aceptado en calidad de novicio, y que tras unos años de trabajo y oración purgando mis horrendos pecados supliqué la necesidad de ir a pedir perdón a las plantas del apóstol Santiago. Y aquí me tienen vuestras mercedes...
Llegado a este punto los cuatro nos quedamos en el más absoluto silencio. Silencio que rompió el sacerdote para manifestar únicamente y en un susurro apenas audible: - ¡Pues sí que has hecho de tu vida una alegría!
Y no vengo para pedir el perdón, porque después de muchos estudios meditaciones y reflexiones sé perfectamente que no soy merecedor de ello, independientemente de que me consta ahora que sé que Dios no puede perdonar porque entonces no habría Justicia, por eso espero que alguna vez y gracias a su eterna y piedad Divina pueda quedar limpio de tantos horrores cometidos.
- Verdaderamente cuesta creer que Dios pueda perdonar semejantes atrocidades -dijo el joven Caballero-: No obstante mi orden siempre me enseño que Dios es Amor y que todo lo perdona, pero, esto que acabo de oír...
- ¡Hasta a mi, que nunca fui muy religioso, me cuesta creer que alguien pueda salvarlo de las llamas del infierno! -dijo el comerciante al tiempo que echaba un largo trago de agua de la calabaza que portaba.
- Y dime hermano: ¿aun conservas el libro de oraciones de aquél pobre desdichado? -preguntó un tanto nervioso el sacerdote. - Venía a su memoria el que él tenía un hermano gemelo también clérigo y Párroco de una sencilla iglesia...
- Desde entonces, ya hace unos años, lo llevo encima y nunca me separé de él, ni de sus salmos y enseñanzas -Dijo con voz un tanto circunspecta: ¡Aquí lo tenéis!
Cuando el cura tomó el breviario y levantó la tapa, no pudo evitar un sobresalto al observar con una gravedad inusitada la dedicatoria escrita.. “A mi querido hijo Dionisio Basterra en el día de su ordenación”.  
FIN
 
 






viernes

EL RELATO


YA NO ES LO MISMO


Entre las estanterías de aquella larga y estrecha habitación, cubiertas todas o casi todas de papeles, libros, manuscritos y carpetas, el polvo se recreaba a sus anchas...
              Allí me encontraba, metida en una especie de recipiente de cartón decorado, de un cartón muy bueno, duro, muy fuerte; allí estaba con las demás.
              Me presento: Soy alargada y estrecha, como la habitación en la que me encuentro, sí, la habitación de las estanterías. Estoy con las demás. Soy casi toda de un material amarillo, casi de Sol aunque también tengo una parte oscura. También soy hueca por dentro.
              Algunas veces me sacan del recipiente de cartón. Creo que los que me sacan son unos individuos largos y estrechos con una especie de esfera en la parte superior, que está sujeta por una especie de percha con dos palos que se mueven constantemente, y desde la mitad hacia abajo están, podría decir, desunidos o tal vez divididos en dos partes iguales que son móviles y por lo visto les sirven para avanzar.
             Al sacarme de mi estancia, en la que estoy siempre en posición horizontal, me levantan, me cogen con una especie de manojos de palitos rosados que tienen, que también son móviles y que son parte de los palos grandes.
             Me desenroscan, porque sabéis, tengo una rosca en la parte central de mi cuerpo, y me echan un liquido dentro, un líquido viscoso y negro, muy negro que sacan de otro recipiente de cristal, pero gordo y chato, muy chato, no estrecho y largo como yo. A algunas de las que está conmigo sobre la estantería le echan un líquido semejante pero de otro color, como más azul.
             Una vez que me han llenado toda entera de ese líquido negro, me vuelvo negra, totalmente negra y me empiezan a utilizar. Son los momentos en que mejor me siento, en los que me siento más a gusto, en los que me siento más útil, porque yo soy muy útil, mucho; prácticamente sin mí no habría posibilidad de entendimiento entre los seres largos y estrechos, me necesitan para todo, bueno, para casi todo.
            Me ponen en posición vertical, me agarran fuertemente entre esos palitos rosados, aquellos palitos móviles, y me aprietan y deslizan sobre una superficie blanca que ponen sobre otras superficies más grandes que poseen y que tienen diversos colores, pero a mi siempre me deslizan sobre superficies blancas.
             En cuanto noto que empieza a deslizarme me pongo muy contenta, tan contenta que empiezo a sonreír y por entre mi sonrisa se escapa el líquido negro, el que sacan del recipiente de cristal gordo y chato, y ese líquido se derrama de forma muy estudiada sobre la superficie blanca de tal manera que si los trazos no son los correctos es imposible quitarlos... ¡Yo me quedo asombrada! Pero ese líquido forma una serie de dibujos, y de números que los seres más largos y estrechos interpretan y así se comunican unos con otros cuando no están cerca.
              Es tanta mi utilidad, que sin mi, les sería imposible comunicarse en la distancia, y por eso vivo contenta, y feliz porque soy útil. Considero que la utilidad es la vida. Los seres que no son útiles, aquellos que no sirven para nada, están muertos, totalmente muertos, lo que quiere decir que no viven y que jamás vivirán, que no existen y que jamás existirán...
             Otro día os hablaré de cómo nos están dejando de lado por culpa de esos seres estrechos y largos y que se creen que lo saben todo...
 
 
 
 
 

 

domingo

EL RELATO



LA ENSOÑACIÓN DE TRISTEZA

(Relato)


Existe un pueblecito lejano, olvidado, tan lejano que solamente podemos llegar a él a través de un sendero que se llama ensueño.
             Vivo entre la lluvia y las nieves, entre las nubes y el viento...
             Todos sus habitantes se encuentran muy tristes. Trabajan y se afanan en hacer lo mejor posible sus labores cotidianas, sin embargo, en sus caras anida una tristeza infinita.
            Allí siempre llueve o nieva. Siempre el pueblo está escondido tras una niebla grande y espesa. A veces es el viento el que no lo abandona. Nunca luce el Astro Rey, ése Sol que le da vida a otros pueblos; al mío no, y es por eso que a mi pueblo los de los demás pueblos y aldeas lo llaman Tristeza.
            En la Plaza Mayor, una coqueta placita entre oblonga y cuadrada no hay árboles, ni arbustos en los que pudiéramos admirar y deleitarnos con sus flores. Son plantas que carecen de ellas, sencillamente, porque aunque llueve, después no están alimentadas por la fotosíntesis que podría suministrarles nuestro hermano el Sol.
            En esta recoleta placita, paradógicamente, malvive enfrente de la iglesia un hermoso reloj de Sol, en una antigua y noble fachada el cual está grabado sobre uno de los sillares de una antigua torre, por uno de los muchos canteros del pueblo. La pequeña torrecilla pertenecía a una casa que mucho tiempo atrás fue ocupada por una noble familia. Cómo es de comprender, él no nos puede dar la hora. No tiene su materia prima, el Sol. Por eso se encuentra también muy triste... ¡ah! Y porque de reojo mira hacia la torre de la Iglesia, y en ella si puede ver uno al que de vez en cuando le dan cuerda y funciona. Cuando el de la Iglesia da campanadas, él no se divierte, se entristece.
            Un día llegó a Tristeza una niña pequeña, tenía unas trenzas muy largas, tan largas como su falda, una falda Azul como el color de ese cielo que dicen que existe por encima del techo del pueblo que es todo de nubes. A ella, a la niña, la vimos correr y saltar por las calles, y cuando llegó a la Plaza las gentes la miraban y cuchicheaban entre ellas extrañadas. Era normal que tuvieran esa reacción ya que lo primero que se preguntaban era que a que venía aquella manifestación de gozo; que cual sería la agitación que se había adueñado de la pequeña niña.
           La pequeña niña, de las largas trenzas y faldita Azul, no paraba de correr y cantar. Así en su tan enloquecedora como alegre carrera atravesó el pueblo de parte a parte. Salió al campo y llegó hasta la Laguna, una hermosísima extensión de agua de lluvia embalsada que los hombres del pueblo habían construido para, si alguna vez les faltase el agua para sus ganados ellos la tuvieran recogida de forma artificial.
           Mis padres y mis abuelos al igual que el resto de las gentes del pueblo, tienen en las azoteas una especie de recipiente que coge todo el largo y el ancho de los tejados. En uno de los extremo hay una abertura y cuando llueve, que es mucho, por esa abertura se cuela el agua que va a parar a unos grandes depósitos de donde se abastecen todas las casas. Y es una agua muy rica porque no tiene contaminantes.
            Pues cuando llegó al borde de la Laguna se quedó mirando la superficie del agua... En ese momento... ¡oh! -dije yo-. Las nubes se estaban separando, abriéndose, y el Sol había comenzado a salir de entre ellas, se reflejó en el agua delante de la niña, como si fuera una gran moneda dorada y brillante. Todos los vecinos que se habían arremolinado al borde de la Laguna, y a la que habían llegado siguiendo a la niña llevados por la curiosidad, pudieron ver, y yo también pues me encontraba en primera fila, cómo la niña se metía en el agua y cogía el Sol.
            Al salir del agua comenzó de nuevo a correr hacia el pueblo con el Sol entre sus manos. Corría y corría, saltaba alegremente de nuevo. Así llegó hasta la recoleta placita del pueblo y una vez en ella se dirigió hacia la Iglesia entró en ella, subió hasta arriba de la torre y en el pináculo más alto colgó el Sol, redondo y dorado como si fuera una moneda redonda y brillante.
            Todos los vecinos que se encontraban abajo en la Plaza vieron con asombro que no sólo la placita, sino todo el pueblo estaba ahora completamente iluminado. Yo me quedé con la boca abierta ante el maravilloso resplandor que veían mis ojos. Todos reían, bueno algunos lloraban y otros cantaban y bailaban agitando sus pañuelos y gorras hacia donde se encontraba la niña de las largas trenzas y la faldita Azul. Ahora si sabían que el color era el del color del cielo. No obstante, en el interior de mucha gente había una pregunta: ¿Por qué estaba sucediendo aquello? ¿Por que el pueblo estaba tan iluminado si ellos no conocían más que la oscuridad? ¿Y por qué algunos hablaban de la hora que era mirando el reloj de la torre, aquel que era de la casa de la noble familia?
            Pero, aun se extrañaron más, mucho más cuando de pronto comenzaron a darse cuenta de como los tallos de aquellas regordetas plantas tan endebles empezaban a estirarse, a salirle unos brotes cómo si prisioneros durante tanto tiempo estuvieran esperando sólo este momento.
             Rosaledas enteras sin apenas vida se agitaron entre ellas como empujándose por hacer estallar sus aromas y coloridos en un sin fin de rosas de todos los colores. Las varitas de la Malva loca se comportaban como si de una carrera hacia arriba se tratara; intentando cada una alcanzar una altura insuperable. Todas aquellas plantas parecieron contagiar a sus congéneres los árboles, los cuales aun a pesar de sus durezas comenzaron a sacar de sus troncos las más hermosas ramas ya revestidas con multitud de verdes hojas.
             Aun a pesar de todo aquel entusiasmo, de aquel júbilo y jolgorio, la niña observó como los habitantes seguían extrañados además de un tanto asustados ya que no llegában a comprender del todo lo que estaba sucediendo. Por eso la niña haciéndose eco de aquella incertidumbre, cuando bajó de la torre, se sentó sobre uno de los pilares que daban sujeción a la baranda de la placita y explicó todo aquel hermoso fenómeno.
             Ahora sí lo entendimos todo, y todos comenzamos a vitorearla cantándole bonitas canciones del pueblo, al tiempo que le dábamos al Sol nuestra más feliz bienvenida.
            Aun nos estamos preguntando quién volteaba las campana si arriba de la torre no había nadie, y cómo alguien decía que había visto sonreír el redondo rostro del reloj de Sol y en el que ahora se podía saber que hora marcaba su solitaria aguja. Desde aquel día ya el Sol no faltó, sin embargo, la niña dejó muy clara una recomendación: <<Habréis de tener en cuenta de que cuando para Vds. sea la hora de irse a dormir, o sea, cuando tengáis sueño, acordaos de que el Sol también tendrá necesidad de hacerlo, así que alguien suba a la torre y lo cubra, y por la mañana cuando os despertéis descubridlo y lo tendréis de nuevo con todos vosotros para que el pueblo vuelva a vivir.>>
            La primera vez que esto sucedió la niña de las largas trenzas y faldita Azul, como el color del Cielo, pasó la “noche” en mi casa, pero, por la mañana cuando fui a su cuarto ya no estaba. Me asomé a la ventana y la observé caminando calle abajo, buscando la salida del pueblo. Iba muy despacio, como disfrutando del paseo, y así fue como la vi adentrarse por aquel sendero ya fuera del pueblo, seguramente ese sendero por donde se va al lugar donde nacen los ensueños.
           Hoy ya soy mayor, bastante mayor, y os puedo asegurar que en este, mi pueblo y desde aquel día, cuando llueve, entre el reloj de Sol y el que está arriba en la torre de la Iglesia se forma un Arco iris, y sobre él veo como la niña de las largas trenzas y faldita Azul se pasea cantando y riendo.
           Hoy es un día grande para mi pueblo, los mayores que forman el Consejo han decidido cambiarle el nombre. Ahora mi pueblo se llama: Niñadelsol.
 
 





sábado

EL RELATO



AL AIRE DE SUEÑOS CADUCOS


           A la hora en que el Sol todavía no ha podido vencer a la negra noche, a la hora en que el alba asoma su rostro por encima del oscuro monte, a esa hora, diariamente comienzo mi temprano y tranquilo paseo.
         La playa, como siempre, está totalmente desierta. En bajamar, huele a arena, y a algas, y a rocas brillantes; huele a playa, y a mar...
          Una de las veces que miro hacia la mar, esa mar inmensa que viene de nuevo una y otra vez hacia mi, que está como dentro de mi, veo un pequeño mástil perpendicular al horizonte, que, extrañamente, permanece inmóvil, sin dejarse mecer por el ir y venir de las olas. Mi curiosidad se inclina hacia él.
           Empiezo a caminar: primero sobre la arena vacía, llena de conchas, pequeñas plantas, moluscos y guijarros. Después camino adentrándome un poco en el agua, abriéndome paso, no sin esfuerzo ya que ella se abraza y se contorsiona a mi alrededor, como sabiendo que mis trémulos pasos me pudieran abandonar, como sabiendo que en cualquier momento puedo ser su prisionero.
           El pequeño mástil sigue allí, delante de mi. Después de una incruenta lucha contra las blancas olas, llego hasta él.
          No salía de mi asombro ¡era un cañón! Un oxidado y antiguo cañón, de aquellos que armaban las antiguas naos, de aquellos que protagonizaron antiguas luchas, aquellos de los que se les introducía pólvora y munición por su redonda boca, y por la misma boca expulsaban: batalla, fuego y muerte...
            Corrí, saltando de alegría, hacia la tierra firme. Volví con una larga y fuerte cuerda para poder arrastrarlo hasta la orilla donde ahora yo me encontraba, y así poder arrastrarlo hacia mí, jalando de él.
           Me acerqué y lo amarré fuertemente por el estribo de sujeción; con cuerda fuertemente atado y trabajo jalé una y otra vez hasta que al final de tanto esfuerzo cedió.
           Lo arrastré con tal impulso que me hizo estremecer, entonces me encontré deslizándome hacia abajo, hacia el fondo.
         “El aire me falta, no puedo resistir más” -me dije-. De pronto, un tirón fuerte de la cuerda, me hace salir a la superficie, me hace emerger de las aguas y salir a la vida.
           Cuando mis ojos se limpian de agua y de mar, veo cerca, muy cerca, un bote de remos, tripulado por cuatro robustos marineros que, llevando ahora el cañón a bordo, reman silenciosamente hacia un apuesto y hermoso velero, hacia un velero que iza sus velas y las pone en manos del viento, que pone su alma en manos del mar.
            Izaron el cañón por la amura de babor, y lo colocaron sobre una base móvil, con unas ruedas para poder moverlo fácilmente hacia adelante y hacia atrás, para poder dirigir el hipotético disparo de una forma certera.
           La cuerda se pone tensa ¡me han visto! Tiran de mi, como hicieran con el cañón y me suben a cubierta.
           El Capitán, después de dar unas órdenes en un idioma que no entendí, me hizo abrir una escotilla. Bajé hacia otro tipo de noche por una escala rota. Mi cuerpo chocó contra el suelo, un suelo mitad árbol, mitad mar, contra un suelo mitad vida, mitad monte, contra un suelo negro y húmedo que se me clavó en la vida.
            Después de no sé cuánto tiempo de rodar, de subir, de subir y bajar al compás de las negras olas, se hizo la calma, y una enorme y silenciosa quietud inundó el velero.
            La tenue luz que se filtra a través de un sucio ojo de buey, me indicó que había amanecido; miré hacia afuera no sin alguna sorpresa y entonces me doy cuenta de que estamos remontando un río. Ya hemos pasado la desembocadura y el velero se desliza dulcemente río arriba, por entre sus aguas dulces y mansas, por entre sus aguas quietas.
          Una algarabía de voces; voces de mando y voces de obediencia llegan hasta mis oídos desde la cubierta. La maniobra de atraque se realiza a la perfección. Hemos atracado al muelle de una hermosa ciudad, a la sombra de una torre regordeta, casi circular y cuya parte superior es del color del oro, es dorada bajo los rayos de un sol que ahora brilla con fuerza inusitada, una torre levantada con hermosos sillares y rematados con esos azulejos que hacen que parezca un faro realizado con el más costoso de los metales.
           La escotilla se abre y un marino baja por un par de cabos. Es tal el ajetreo que hay en el velero que se olvidan de mi existencia a bordo.
           Sigilosamente subo a cubierta en el momento en que están desembarcando un ataúd, un rico, labrado y negro ataúd, al que le espera en tierra un negro y rico cortejo fúnebre.
         Tirando de mi ya experimentada astucia, me uno discretamente al cortejo de gentes bien ataviadas de negros y serios ropajes tal cual corresponde al momento.
           La mancha negra y seria avanza por las calles de la ciudad, por calles y plazas dejando atrás un halo de tremendas tristezas, dejando atrás un ambiente de inmensa y triste soledad.
          Poco tiempo después llegamos a una iglesia que se encuentra no muy lejos de la regordeta torre. La cripta se encuentra en el atrio, en el exterior. Después de una delicada ceremonia, el ataúd es introducido, sepultado de uno de los lados de la cripta, prácticamente en la parte inferior de la puerta de entrada a la iglesia.
            Mi curiosidad sin límites, me empuja al interior de la cripta. La losa se cierra. Estoy dentro -pienso-, dentro de la más absoluta oscuridad. Hace mucho frío allí dentro, un frío intenso que hace que me hiele por momentos. Hay muchos cadáveres que, debido al inmenso frío reinante, debido a la cercanía del río, debido al mármol, están todos incorruptos. Ignoro porqué están al descubierto.
           Todos juntos: río, agua, mármol y frío, hacen que los cuerpos no se descompongan, que se mantengan... Tanto es así que al desenterrar uno de ellos -el que está debajo de la puerta-, los altos cargos del cortejo, y que son los mismos que los de la ciudad, creyeron que su incorruptibilidad podría ser debida a su santidad, cambiándolo de lugar y volviéndolo a enterrar debajo del altar mayor, donde, naturalmente, se convirtió en la nada pues aunque era un gran caballero no resultó ser tan gran santo.
           Con el paso del tiempo y el espacio, los demás de aquella alta sociedad que deseaban contraer matrimonio en aquella iglesia han de entrar en ella por un pequeño portillo enrejado que hay a la izquierda de la puerta principal, han de pasar y pisar por encima de las losas, y una vez dentro han de enfrentarse nuevamente a la muerte para, de esta forma, encontrar de nuevo sus vidas.
           De pronto, sin saber cómo, de nuevo tiré con todas mis fuerzas de la cuerda; el cañón siguió quieto, enhiesto, en su sitio. Al fin desistí y, alejándome, proseguí con mi temprano y tranquilo paseo. Eso sí, ahora iba pensando que había sucedido desde que me asomé a aquel impresionante balcón que es el mar y pisé aquella mañana los encajes que dejan sus olas cuando besan la arena de la playa.