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sábado

MEDIO AMBIENTE

 


¿PODRÍA SUCEDER?

 

Una espléndida mañana de domingo de primavera se encontraban padre e hijo pescando en un caudaloso arroyuelo. El padre pendiente de la caña, el crío de cinco años entretenido en rellenar con sus lápices de cera unos dibujos en una cartulina de las que se usan para los trabajos manuales en el colegio. En uno del aquel conjunto de temas se encontraba la figura silueteada de un duende con su habitual y típico gorrito. Cuando se lo enseño a su padre  ya acabado de pintar a su infantil manera, el padre le dijo que lo recortara, pero el crío tenía prohibido jugar con instrumentos cortantes. El padre abrió su caja de material para la pesca y le recortó al crío aquel duende de colores mientras seguía pendiente de la caña. Momentos después la caña vibró y el padre se dedicó a intentar sacar aquel pez que parecía tener pinta de una buena pieza.

Cuando después de mucho luchar ya que el riachuelo tenía una corriente con mucha fuerza gracias a las lluvias caídas,  días atrás, y conseguir hacerse con aquella preciosa carpa dorada, reparó en que su hijo había sacado de no sabe dónde la hoja de un periódico y le pidió al padre que le construyera un barquito de papel.

El padre tras contemplar junto a su hijo tan maravillosa pieza, le hizo una fotografía al niño con la carpa, que al brillar bajo los rayos del sol parecía de oro, y tras esto la devolvió al agua donde, aleteando feliz, desapareció bajo las profundidades del arroyo.

En esos momentos de euforia, el crío le pidió al padre que entre los pliegues del papel del barquito colocara al duende y pusiera el barquito en el agua, a lo que el padre dijo que las aguas estaban muy bravas y se hundiría.

Ante la protesta del chiquillo, el padre se acercó a la orilla y depositó el barquito con mucha cautela. La sorpresa fue mayúscula cuando vio que barquito no se hundía que graciosamente surcaba las aguas abajo deslizándose hasta que lo perdieron de vista.

Durante el regreso padre e hijo caminaban felices hasta la cercana cabaña que la familia había alquilado para pasar el fin de semana.

En el lugar en que el riachuelo desembocaba en un afluente, se hallaba un grupo de jóvenes que, al parecer, habrían pasado allí la noche celebrando una fiesta que aún duraba dado el estado en que se encontraban todos.

Ya estaban recogiendo sacos de dormir y demás enseres, aunque no la cantidad de desperdicios e inmundicias que se veían esparcidas por el lugar, cuando uno de ellos alertó a los demás mostrándoles el barquito que se había quedado atrapado entre unas ramas.

Todos a una, y como si de un cuento se tratara, cogieron el recortable del duende y lo metieron en una de las garrafitas dedicada a la mezcla de bebidas, y que habían dejado entre unos arbustos. Le pusieron un tapón y dijeron: ¡Ahí te quedas hasta que alguien venga y te saque! Dejada la garrafita entre aquellos arbustos, y ya marchándose no pudieron apreciar como aquel recortable había tomado cuerpo de duende.

“Han pasado más de cinco mil años y la garrafita con el paciente duende allí continua...”





 

 

 

           

 

 

 

 

jueves

CUENTOS Y RELATOS

 



MARGARITA



Justo, al volver la esquina me tropecé con él cayendo ambos al suelo. Yo le había visto desde lejos; venía en mi misma dirección, por la misma acera. Él, debió de haberse entretenido mientras que yo para no encontrarme con él, frente a frente, había decidido dar la vuelta a la manzana que  no era muy grande. Sin embargo, al parecer, no me sirvió de nada. Ambos nos quedamos mirándonos como dos tontos que no saben que hacer en ese momento... Él ni siquiera hizo el más mínimo intento por ayudarme a incorporarme; claro, pensé, tampoco tenía obligación de hacerlo desde aquel día en que a alguien se le ocurrió que los dos éramos iguales, que los dos teníamos los mismos derechos y deberes, que ya no existían diferencias en el orden humano, que ya había quedado establecida la igualdad para ambos sexos. Y allí como dos pasmarotes comenzamos a volver al bipedismo, casi a la par, pero, eso sí, sin dejar de mirarnos; ni la más mínima sonrisa aún a pesar del percance al que a todo el mundo por un acto reflejo, al parecer propio de nuestra condición, aparecía en nuestros crispados semblantes, en esos momentos de atolondrados pensamientos.

Una vez en pie y sin dirigirnos el uno al otro procedimos a sacudir nuestras prendas de abrigo dado que aquel suelo no se encontraba en muy buen estado de limpieza y pulcritud.

Como si no hubiese ocurrido nada, ambos tras cruzarnos,  continuamos nuestros diversos caminos por aquella acera que, al final, nos marcaría para siempre, al menos, a mi sí me marcaría.

Marcos, amigo de mucho tiempo atrás, le brindé la necesidad que yo tenía, y de que él hubiera resuelto una situación tan singular como, en cierta medida, extraña, con una respuesta, aunque justo es reconocerla, en cierta medida lógica, ya que él estaba casado con una íntima amiga mía.

Lo mío no sé si era miedo, terror o, posiblemente, una ansiedad en razón de lo que venía sucediendo, según noticias, recogidas últimamente en el barrio… Tan sólo le comenté, con la mayor sinceridad, que mi deseo era dejar de ser virgen porque estaba segura que a no tardar mucho yo también sería violada y no quería que ello me produjera el dolor y el sufrimiento del que ya era absolutamente consciente dada mi condición de mujer extrovertida. No deseaba realizar un acto de amor al uso, no quería que el deseo fuera confundido con una necesidad sexual propia del vicio; tan sólo deseaba que mi cuerpo fuera abierto gracias al cariño puesto al servicio de un favor producto de una antigua amistad. Por eso pensé en Marcos, dada la amistad que nos unía y que en consecuencia, estaba segura de que ni él lo habría de tomar de forma equivocaba, y que por otro lado sabría guardar un secreto tan importante para mí.

Ni Marcos, ni mi buena “estrella” habrían de estar de mi lado en aquella necesidad angustiosa que ocupaba mi mente día tras día. Hasta que llegó; y aún me pregunto si fue por culpa de haber estado generando de continuo pensamientos de que esto habría de ocurrirme a mí. El caso es que en estos momentos me encuentro en la sala de un hospital, en la que estoy siendo explorada. El diagnóstico del doctor que me atiende escribe en el informe que acaba de colgar a los pies de mi cama: Joven de veinticuatro años, agredida sexualmente, presenta graves destrozos vaginales. A la espera de la salida del fuerte trauma producido se procederá a la oportuna intervención quirúrgica…

     Una vez en pie y sin dirigirnos el uno al otro procedimos a sacudir nuestras prendas de abrigo dado que aquel suelo no se encontraba en muy buen estado de limpieza y pulcritud.

Como si no hubiese ocurrido nada, ambos tras cruzarnos,  continuamos nuestros diversos caminos por aquella acera que, al final, nos marcaría para siempre, al menos, a mi sí me marcaría.

Marcos, amigo de mucho tiempo atrás, le brindé la necesidad que yo tenía, y de que él hubiera resuelto una situación tan singular como, en cierta medida, extraña, con una respuesta, aunque justo es reconocerla, en cierta medida lógica, ya que él estaba casado con una íntima amiga mía.

Lo mío no sé si era miedo, terror o, posiblemente, una ansiedad en razón de lo que venía sucediendo, según noticias, recogidas últimamente en el barrio… Tan sólo le comenté, con la mayor sinceridad, que mi deseo era dejar de ser virgen porque estaba segura que a no tardar mucho yo también sería violada y no quería que ello me produjera el dolor y el sufrimiento del que ya era absolutamente consciente dada mi condición de mujer extrovertida. No deseaba realizar un acto de amor al uso, no quería que el deseo fuera confundido con una necesidad sexual propia del vicio; tan sólo deseaba que mi cuerpo fuera abierto gracias al cariño puesto al servicio de un favor producto de una antigua amistad. Por eso pensé en Marcos, dada la amistad que nos unía y que en consecuencia, estaba segura de que ni él lo habría de tomar de forma equivocaba, y que por otro lado sabría guardar un secreto tan importante para mí.

Ni Marcos, ni mi buena “estrella” habrían de estar de mi lado en aquella necesidad angustiosa que ocupaba mi mente día tras día. Hasta que llegó; y aún me pregunto si fue por culpa de haber estado generando de continuo pensamientos de que esto habría de ocurrirme a mí. El caso es que en estos momentos me encuentro en la sala de un hospital, en la que estoy siendo explorada. El diagnóstico del doctor que me atiende escribe en el informe que acaba de colgar a los pies de mi cama: Joven de veinticuatro años, agredida sexualmente, presenta graves destrozos vaginales. A la espera de la salida del fuerte trauma producido se procederá a la oportuna intervención quirúrgica…

Del libro III

     

 

 

domingo

CUENTOS Y RELATOS

 


PARA RECORDANDO EL PASADO,

MEJORAR EL PRESENTE.


Cuando se encontró con ella, él ya sabía a que estaba obligado por la evolución de una especie de céfiro que, aunque algodonoso, se apreciaba con cierta carga de negatividad, y que quedara de forma latente observado a su alrededor.

Tras un primer contacto emocional, pudo comprobar, a través de su reacción, y  ante lo inesperado de su comportamiento, toda vez que él era para ella un desconocido que pudo captar como se desmoronaba aquel conjunto de sentimientos encontrados en razón de un más que desequilibrado y profundo estado de ansiedad. Él le ofreció su mano, y ella, mirándolo fijamente, la tomó rauda y sin el menor gesto de desaprobación, aguardando unos minutos en silencio, sin apartar la mirada de sus ojos. A partir de entonces algo debió de transformarse en su interior haciendo que, justo en ese momento, las lágrimas acudieran a sus ojos, derramándose de forma tan sensible como incontrolada, y, sin embargo, ella brillaba o al menos, a él se lo parecía; o acaso era su mente la que deseaba que así fuese tras aquellas manifestaciones llenas de la más absoluta vulnerabilidad…

Así estuvieron largo tiempo: entre confesiones, confidencias y un sin fin de aquellas recomendaciones que él, considerándose utilizado como vehículo enviado desde alguna  otra dimensión, le daba y repetía una y otra vez con el solo fin de sacarla momentáneamente de aquellos instantes en los que su permeabilidad era, a su juicio, de lo más preocupante.

En un acto y puro reflejo, que tan sólo produce la necesidad de encontrar en tan duros momentos la más entrañable de las conexiones extrasensoriales, se abrazó a él sin importarle en absoluto  aquella situación por la que toda la sociedad venía padeciendo con motivo de la pandemia a la que ésta recomendaba se guardaran las lógicas distancias por temor a los consabidos contagios víricos.

Como si se encontraran en el interior de una burbuja en la que nada ni nadie pudiera penetrar, él le expuso, a modo de recomendación, su pedagógica y terapéutica leyenda del "Caballero Blanco y el Caballero Negro", muy útil en situaciones como a las que ella se acababa de referir y que, al parecer, se entrelazaban entre sí con aquellas otras que, de orden familiar, formaban una urdimbre o tela de araña de la que, debido a una alta y fuerte incomprensión, se veía incapaz de poder escapar.

Él, tras escucharla atentamente, y saliendo de su boca cuanto su interior le iba transmitiendo, ella, conforme iba tomando conciencia de cuanto, con todo amor, le iban diciendo, se fue relajando hasta el extremo de, mediante un nuevo y largo abrazo, entender que debía dar por terminada aquella conexión con el fin de que ésta no se saturara.

Deshecho aquel fructífero y revitalizante abrazo, y ante el ofrecimiento de una incondicional ayuda, en cualquier momento, por parte de él ante una necesidad de orden emocional, se produjo una tierna despedida en la que quedaron claras las intenciones de ambos. Él, mantener su promesa; ella, prometer cumplir con aquello que entendió era lo mejor para salir del laberinto...


Del libro III

 

 

jueves

CUENTOS Y RELATOS

 


LA VISITA

 

 Se habían oído las once en la torre de la iglesia, y aun no había comenzado a desayunar bajo la sombra de la Parra cuando llamaron a la puerta.

Pensando en que le estaban fastidiando el desayuno, se levantó y con un paso cansado propio de los más de setenta años que ya llevaba sobre su espalda, se dirigió a la puerta de entrada tras haber dejado atrás la del patio. Ya en ella, descorrió el cerrojo y abrió, actitud esta que, hoy día tan sólo se usa en los pueblos, y no es que en ellos aún se tengan las puertas con trancas, que no, porque también hay puertas con mirillas pero son las menos y casi todas de gente de fuera que disfruta de una segunda residencia en la sierra para pasar el verano. Pero ya está bien de divagar y vamos a ver quién llama a la puerta de Feliciano y al que el momento le pilló tan mal. Y es que lo más oneroso de un desayuno es que o bien te tomes el café frío por culpa de una visita inesperada, o bien que al final y por cortesía aguantes el tirón y lo tengas que recalentar.

Todo fue abrir y encontrarse de lleno con Emeteria, una mujer ya mayor y que a diferencia de él, un eterno soltero por voluntad propia, desde que en su mocedad, estando novio con Edelmira, la hija del secretario del Ayuntamiento, ésta se había muerto debido a unas fiebres. En cambio, Emeteria, tan sola como él, era viuda desde que su marido, concejal de un Ayuntamiento considerado por aquellas fechas Popular tras haberse declarado el levantamiento en armas por una parte del pueblo en contra de la otra, y que hacía unos años había convertido a España en un país republicano y democrático por derecho, sería fusilado a la puerta de su casa, habiendo conseguido gracias a ideas de libertad, echar del poder a una monarquía instalada  desde aquella unión dinástica de los reinos peninsulares en los descendientes de los mal llamados Reyes Católicos.

Y allí se quedó clavado pues hacía varios años que, aunque solo tenían el saludo aún a pesar de vivir puerta con puerta, ninguno de los dos habría estado de visita mutua ni una sola vez. Así pues, ante esta perspectiva, tan sólo se le ocurrió ofrecerle si quería pasar, que estaba desayunando y que si le apetecía compartirlo. Ante este momentáneo y sorprendente descubrimiento, Emeteria se ruborizó hasta el extremo de que Feliciano fue consciente de ello aun a pesar de que en esta situación, al parecer, dejaba constancia de que jamás la había vuelto a vivir desde aquella vez en la que por primera vez cruzara unas primeras palabras con su prometida Edelmira.

Emeteria, mirando a uno y otro lado de la calle, pasó al interior sin mediar palabra. Una vez en el patio, y sentada sobre la silla de enea que Feliciano le ofreciera, aceptó un vaso con café al tiempo que expresaba su deseo de que él continuara tomando su desayuno antes de que se le enfriara.

Así, entre bocado y bocado, Feliciano le preguntó a qué se debía aquel cambio de actitud respecto a tan inesperada visita. Emeteria, volvió a ruborizarse, por lo que él, cortésmente y tomando una de las manos de la mujer, detalle este a la que ella no ofreció resistencia, comenzó a contarle su entrevista con el cura nuevo la tarde anterior. Al parecer, este joven sacerdote recién llegado a la pequeña iglesia del pueblo apenas unas semanas, y tras realizar determinadas visitas a algunas de las mujeres en la misma situación que ella, le había echado por tierra la fe que tenía cuando le dijo que varias veces al día hacía unas oraciones por el alma de Manuel, su marido muerto a manos de aquellos desalmados.

Tras escucharla con suma atención, Feliciano le confirmó que, a su juicio, el curita tenía razón al manifestar que los rezos tan sólo servían para la tranquilidad espiritual, pero no para que su marido se viera beneficiado con ello hasta el extremo de estar recibiendo sus parabienes, y que sin sacarlo de su memoria se dedicara a vivir, que aún le quedaban años para ello.

Tras un rato de profunda reflexión, Emeteria puso su otra mano sobre aquella de Feliciano que si parar la acariciaba a modo de consuelo. Aun, el hombre, sigue pensando que pasó aquella mañana durante su desayuno; el caso es que, sin saber cómo, le ofreció la posibilidad de vivir juntos el resto de aquel tiempo que les pudiera quedar a ambos.

Esta mañana y al frescor que permitía la sombra de aquella Parra, Feliciano no acabaría su desayuno sólo; está mañana lo estaba terminando sin tan sólo reparar en los bocados que se llevaba a la boca; no tenía más mirada que la que se estrellaba contra los ojos de Emeteria.

Del libro  III

 

 

CUENTOS Y RELATOS

 


LA TRANSACCIÓN

 

Guillermo se encontraba escribiendo aquella leyenda, ficción protagonizada por un objeto cuya posesión le proporcionaba al propietario la satisfacción de todos sus deseos, pero que tenía que vender antes de morir, por un precio inferior al de la compra, y así evitar la condenación eterna.

Guillermo quería llegar al límite. Saber qué haría el hombre al que se le ofreciese el objeto por la mínima parte de un euro en curso; aquél hombre que supiese que no iba a poder venderlo. Lo consultó con Marcelino, su sobrino. “Ese último hombre”, pensó, Marcelino, “no querrá comprarlo, eso está claro. Pero tampoco lo querrá el penúltimo, porque sabrá que nadie se lo compraría. Y del mismo modo, si el penúltimo no lo quiere, el antepenúltimo tampoco, porque tampoco encontraría comprador. Y retrocediendo así, nadie lo querría comprar.” “Tu razonamiento, Marcelino, es impecable. Pero no resuelve nada. Solo es un razonamiento. ¿Quién crees tú, de verdad, que no lo compraría?” Marcelino, lo meditó. “Tú nos sabrás convencer de que ninguno lo hará.”


Durante su instrucción, le dijo el Maestro al aprendiz: lo que más a menudo vas a hacer es caminar por el reino de los espíritus. Al principio, conmigo. Después, con los que a mí me acompañaron. Y finalmente, solo. ¿Qué clase de respuesta se oyó a través de una voz en las sombras…?

Del libro  III

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes

CUENTOS Y RELATOS

 


EL SUEÑO DE UN PROTECTOR

 

Hubo una vez un político malvado que una noche le robó las lenguas a un pueblo, y después de aplicarles un hechizo para que sólo hablaran cosas malas de todo el mundo, se las devolvió a sus ciudadanos sin que estos se dieran cuenta.

De este modo, en muy poco tiempo, en aquel pueblo sólo se hablaban cosas malas de todo el mundo, y aquello sólo llevaba a que todos estuvieran, unos con otros, enfadados, para mayor alegría y satisfacción del político.

Al ver la situación, el protector del pueblo decidió intervenir con sus mismas armas, haciendo un encantamiento sobre las orejas de todos. Las orejas cobraron vida, y cada vez que alguna de las lenguas empezaba sus críticas, ellas se cerraban fuertemente, impidiendo que la gente oyera. Así empezó la batalla terrible entre lenguas y orejas, unas criticando sin parar, y las otras haciéndose verdaderamente las sordas.

¿Quién ganaría aquella tan caprichosa como inaceptable batallita? Pues con el paso del tiempo, las lenguas hechizadas empezaron a sentirse inútiles: ¿para qué hablamos si nadie nos escucha, se preguntaban? y como eran lenguas, y preferían que las escuchasen, empezaron a cambiar sus manifestaciones. Y cuando comprobaron que diciendo cosas de interés social y por el bien de todos, volvían a ser oídas y escuchadas, se llenaron de alegría y olvidaron para siempre su hechizo. 

En el desgraciado transcurrir de su mandato, aquella mala y desafortunada decisión le pasó la correspondiente factura, por lo que aquél político dejó de mandar. Desde entonces el protector del pueblo se hizo responsable de aquella gente, dando un primer paso hacia lo que más tarde sería la para muchos, al final, la III República.

Del libro  III

 

 

 

 

martes

CUENTOS Y RELATOS

 


EL ROJO Y LA CARIDAD

 

Debajo de aquella frondosa rama por cuyo extremo tomaba vida en la hermosa Encina, el Sol comenzaba a calentarme las piernas al haberse desplazado; al parecer con más rapidez de lo acostumbrado, noté cómo un cosquilleo hacía que me sintiera un poco nervioso; mucho me había costado fabricarme aquel delicioso sillón vegetal al pie del árbol entre el perfumado Romero y el no menos oloroso Poleo, para que la faja ultravioleta que alteraba mi tranquilidad, hiciera que tuviese que variar de postura.

Aquello me incomodó, por lo que volví a buscar nueva forma con el fin de que el extremo del lecho quedara nuevamente bajo la protección del magnífico brazo.

En aquella actitud reflexiva, a si el Sol había corrido más que de costumbre, o si había sido la rama que al haber envejecido más de prisa que otras tardes y perdida su fuerza había languidecido unos centímetros, me llamó la atención una paloma, que, posada justo unos metros delante de mi parecía como si quisiera hablarme…

Me sorprendió sobremanera su plumaje, pensé que no era propio de un animal como aquél, simplemente porque todos los animales tienden a poseer en gran medida y por naturaleza, un colorido propio para poder camuflarse ante sus posibles depredadores; pero éste no, era una paloma y en cambio su plumaje era de un Rojo intenso y bellísimo, como bello e intenso es el color natural de su hábitat; no podía haber más contraste entre el Rojo de su pluma y el Azul Celeste del espacio en el que se desenvuelve.

Estuvimos –creo recordar- durante algunos minutos observándonos; era extraño su comportamiento, al menos para mí, y en aquel momento alcé el brazo y lo agité: ¡nada…! Allí seguía mirándome. No sé exactamente cuánto tiempo estuvimos así, me pareció esa fracción de segundo en la cual nos vemos obligados –a veces- a tomar una decisión definitiva –en ocasiones negativa- en una situación no prevista, aunque sí archivada. El caso es que cuando me di cuenta ella se había dormido sobre el mismo lugar en el que se encontraba, y yo me dormí sobre el mismo sitial en el que en un tiempo al parecer conscientemente descansaba y ahora inconscientemente habría de pasar la noche.

Muy pronto, como siempre que se es ajeno a ello llegó la mañana. Abrí los ojos y allí estaba, justo en el mismo lugar, justo en la misma postura, no podría decir cuál de los dos despertó primero, cierto que cuando desperté ella tenía los ojos abiertos, pero pudiera haber ocurrido que como la paloma los abre “al golpe”, hubiéramos coincidido; y así en esta divagación caí en la cuenta de que ayer, el disco Solar hizo mella en mi piel, y sin embargo no había sentido la más mínima gelidez nocturna.

Nuevamente aparecía en desafío el cálido círculo brillante por encima de las crestas montañosas, y al chocar contra el plumaje de mi silenciosa y espectadora compañía, lo hacía encender más y más cual si de una antorcha se tratara.

De nuevo comenzamos a clavar nuestras pupilas en espera de que alguno de los dos hiciera al menos algún gesto; transcurría el tiempo, la mañana, y nada sucedía. ¿Sería posible que volviéramos a dormir otra vez sin…? Hice, como pude, un pequeño agujero al pie del Lirio y la deposité dulcemente, lo cubrí de tierra y mis ojos se inundaron de lágrimas.

Lleno de un más que extraño cansancio comencé a alejarme del lugar; descendía por la sinuosa falda del monte cuando al mirar hacia arriba contemplé una Paloma Blanca como la nieve, la seguí con la mirada hasta que desapareció en la lejanía, sin embargo cuando su vuelo se interpuso entre mis ojos y el Sol, su plumaje cobró un encendido color Rojo…

Me estaba preguntando esto, cuando observé que el animalito sacudió una de sus alas. En ese momento me sentí dichoso, algo iba a suceder, lo ansiaba, pero cuál fue mi sorpresa al oír un segundo después, un seco y corto ruido ensordecedor, giré la cabeza hacia donde aún el eco resonaba y un amargo presentimiento inundó de amargura el más pequeño y hondo rincón de mis entrañas. Raudamente volví la cabeza hacia la paloma y la vi con dolor caída de su pequeña atalaya mortalmente herida; su plumaje cobraba ahora, curiosamente, un color Verde, hermoso como no lo había visto nunca, y observé como su pico al haber inclinado la cabecita sobre la tierra aun húmeda, había dejado una marca en su recorrido de agonía, la cual dio la sensación que debía ser interpretada como una especia de flecha, indicación que estaba en dirección hacia un bellísimo y no muy lejano Lirio aun bañado por diminuta gotas de rocío.

Como desgajado del conjunto de pensamientos; como si en ese momento me hubiese quedado desconectado de mi mundo, me levanté y lentamente me acerqué a ella tomándola entre mis manos, aun su frágil cuerpecito estaba caliente; un instante después en mis células sensitivas se registró la impresión de que pesaba aún menos. De dónde llegó esa impresión, no lo sé, lo cierto es que nunca había tenido entre mis manos a una paloma…

Del libro  III

 

 

 

 

 

domingo

CUENTOS Y RELATOS

 


LAS MIELES

 

Cuando aún era un niño, la Infanta Luisa Fernanda de Orleans observó cómo modelaba una figurita de barro, tanto le impresionó, que le tomó bajo su protección.

Antonio, estudiaría en París y en Roma. A los veinte años comienza a recibir los primeros encargos.

Entre sus obras podemos destacar: las doce estatuas del Palacio de San Telmo en Sevilla, la de Miguel de Mañara frente al Hospital de la santa Caridad, el gran Daoiz de la Plaza de la Gavidia, el pintor Velázquez de la Plaza del Duque etc.

Cuenta la leyenda que cuando el escultor esculpió el Cristo para el cementerio de san Fernando, se esmeró enormemente, pues en ese momento se encontraba fuertemente endeudado y esa obra significaba mucho para él.

Se dice que al montar la escultura, se dio cuenta de que la había elaborado; se puede ver que un pie está clavado en el madero mientras que el otro le habría quedado como suspendido y con las piernas al contrario, y que al contemplar la obra terminada y ver el fallo, se sintió tan angustiado y le afectó tanto que a decir de algunos, se ahorcó en su estudio, aunque otros aseguran que murió disparándose un tiro.

A petición del pueblo, sería enterrado a los pies del Cristo. Días después de su entierro sucedió algo sorprendente, que muchos visitantes consideraron milagroso: el Cristo lloraba, y no agua salada, como un mortal cualquiera, sino que lloraba miel. El revuelo fue considerable en la ciudad. El “milagro” estaba en boca de todos y la Iglesia tuvo que tomar cartas en el asunto, enviando el mismísimo Vaticano una delegación para aclarar el asunto.

Finalmente se averiguó la verdad, y la realidad era que el Cristo no lloraba sino que las abejas habían hecho nido en su boca y lo que manaba de ella era miel.

Así, Antonio Susillo había construido la escultura dejando tal hueco en su interior con el fin de aligerar el excesivo peso.

Del libro III

 

 

 

 

 

martes

CUENTOS Y RELATOS

 


EL CAMPO

Una noche más y envuelto en la terrible gelidez del norte de aquel campo de cuyo nombre no quiero acordarme, me sentí una vez más, hundido. Después de 125 días aún seguía preguntándome porque 550 hombres encadenados a la más terrible de las angustias y miedos, a la vez que de la incompetencia de algunos mandos, no acabábamos de rebelarnos contra un centenar de guardias. ¿Qué podía pasarnos? ¿qué cayéramos, en todo caso, unos pocos? Sin embargo, durante aquellos días, al parecer, y, desde mi sentir más profundo, no tengo más remedio que tachar aquellas actitudes de acomodaticia cobardía de mis propios compañeros.

Lamentablemente, y producto de aquella estrategia que según aquellos mandos nos harían triunfar en la operación que, según aquel coronel, al parecer, manifestó tener muy bien organizada; el caso es que caímos en la trampa de una redada aún mejor organizada que nuestra propia idea. El frío y el hambre atenazaba, mientras aquella gente, acababa de organizar nuestra llegada, tras haber recorrido a pie y con los brazos sobre la cabeza, sin poder tan siquiera realizar algún ejercicio con el fin de poder calentar unos huesos a los que la humedad mordía con toda la ferocidad de que era posible. Así, cálculo que debimos recorrer aproximadamente unos ocho kilómetros por aquellos montes tan pelados como nuestros propios estómagos; unos estómagos que protestaban, que rugían hasta doler por falta del más necesario entretenimiento, que sería comer lo más indispensable.

Cuando los sorprendidos fuimos nosotros pues no acertamos a comprender de donde salieron con la prontitud que lo hicieron, la disciplina que pareció que a cada uno de aquellos elementos de asalto los habían preparado de forma individual, y no solo por cómo llegaron hasta nosotros, toda una compañía, y sin dar un solo tiro; así nos vimos desarmados de todo cuanto llevábamos encima incluidas unas latas preparadas y algunos alimentos basados en proteínas. Todo se lo quedaron.

Arrecidos de frío y con un hambre atroz, nos tuvieron todo el día. Llegada la noche, un Sargento larguirucho con más cara de niño que de feroz soldado nos dijo mediante un megáfono que en un momento procederían a proporcionarnos unas perolas en las que podíamos hacer algo de comida.

Una vez nos sorprenderían al ver llegar unos carros de batea repletos de todas aquellas latas que nos habían confiscado aquella mañana. Como pudimos y en razón del hambre que nos acuciaba, fuimos abriendo cada una de las latas y vertiéndolas en las perolas. El Teniente de mi compañía ordenó hacer un fuego con la leña almacenada en diferentes lugares del campo y sobre una de las mallas metálicas, al parecer, sobrantes de aquellas con las que cerraron el campo. Al lado de estas se encontraban amontonadas un centenar de piquetas de las utilizadas para la construcción de las vallas.

Mientras se calentaba aquello que al final saldría como un manjar en forma de potaje, le comenté al Teniente que transmitiera a nuestro Capitán la posibilidad de hacernos con aquellas picas e intentar aquella noche sorprender a la guardia y hacernos posteriormente con el resto de la fuerza existente y que al igual que a nosotros también se les veía cansada.

Dos días después aparecieron varios camiones cargados con soldados de refresco los cuales procedieron al consiguiente relevo, así como otras unidades que transportaban provisiones.

Durante esos momentos, el comandante del campo le ordenó a nuestro Capitán que formáramos. Una vez todos formados de manera disciplinada, se nos informó de que nos organizáramos por nuestra cuenta con respecto de la utilización de los barracones, así como de la descarga de todas aquellas provisiones que, debidamente marcadas, venían destinadas para nosotros. Antes de acabar su pequeño discurso sé nos advirtió de que mantuviéramos un buen comportamiento, y aseguró que nuestra estancia en aquel campo, tenía la total seguridad de que sería indefinida. Como así fue para la mayoría, pues yo conseguí fugarme tres semanas después, y hoy, pasado el tiempo, estos recuerdos como si de un cuento se tratara se lo estoy contando a mi nieto que pronto cumplirá su primer añito. Él, me mira y se sonríe y yo aprovecho para correspondiéndole y mirando a aquellos vivos ojitos celestes, pedir que no tenga que pasar por lo que yo pasé…

Del libro III


 

jueves

CUENTOS Y RELATOS

 


DESTINOS DE AGUA

 

“A duras penas conseguí salir del agua, era mi elemento, mi mundo. Mi sistema de respiración no necesitaba siempre del aire exterior. Para mi forma de vida la respiración era otra cosa, sin embargo, algo dentro, muy dentro de mí, decía que yo no era igual que los demás, que yo era algo diferente porque en ocasiones saltaba fuera de mi mundo, o sea que yo me desenvolvía, vivía sumergido en mi mundo y de pronto sentía esa necesidad de saltar hacia otra parte.

Un día, no sé por qué, al dar el salto me encontré fuera de mi mundo de siempre; fueron solamente unos segundos pues inmediatamente volví a sumergirme. Más tarde repetí la hazaña, y ahí en ese momento justo, me di cuenta de que mis aletas se iban convirtiendo en dos alas. Ya no podía, o no quería –no lo sé- volver a mi mundo; el caso es que me encontraba en un mundo diferente, ahora me daba perfecta cuenta de ello porque ya llevaba mucho tiempo fuera de mi elemento, fuera de mi forma de vida; ya no era unos segundos, ya era bastantes minutos.

Mi timón de cola acuática me di cuenta que se había transformado en un timón de cola aéreo, y que en esa mutación adquiría unos tonos de delicado y bellísimo plumaje. Ahora ya no sé, pues no veo como un pez, me veo como un pajarillo o tal vez como las dos cosas. La verdad es que no lo tengo muy claro.

¿Será posible que haya entre los seres de la creación un pez que vuele…?

Es posible. De todas formas he llegado a la conclusión de que sólo soy un pajarillo que un día tuvo un hermoso ensueño, y que sigo surcando los cielos en busca de ese algo que aun tan claro a veces se presenta tan abstracto como difuso.

Lo único que tengo claro, realmente, es que el hombre está siempre esperando a que me pose en cualquier rama de cualquier árbol para descansar después de esa incansable lucha, de ese incansable viaje y una vez más aprovechará el momento en que cada uno cumpla con su “cometido”. Yo he de seguir trabajando en la búsqueda, él…”

Del libro III

 

 

miércoles

CUENTOS Y RELATOS

 


DESDE LA VENTANA

 

El Ocaso había hecho acto de presencia, y “ambos” se habían puesto en camino. Iban juntos pero no eran amigos; habían vivido en el mismo lugar pero no se conocían; trabajaban en la misma fábrica pero no tenían la misma profesión. Sin embargo, tenían el mismo cometido, aunque ejerciendo diferentes funciones…

Yo estaba sentado en el alfeizar de la ventana, respiraba el airecillo fresco de la tarde avanzada y limpia, al tiempo que acariciaba mi piel.

Mi casa está al lado del camino, cerca, muy cerca, en cambio mi casa está alta, muy alta. Con todo ello, pude oír la conversación que “ambos” llevaban, pudiendo entender que uno le decía al otro: ¡Lástima! Con lo a gusto que me encontraba en aquella fábrica y tenerla que dejar. A lo que el otro interpeló: ¿Te has ido por tu cuenta? ¡Yo! Cómo me voy a ir por mi cuenta, con la vida que llevaba, si tenía cuanto necesitaba. Lo que ocurre es que la fábrica ha cerrado para cambiar de actividad y no me explico semejante ocurrencia.

La fábrica tenía cuanto deseaba y además no paraba de estar pendiente de las demás fábricas. Qué la fábrica de al lado adquiría esto o aquello, enseguida se disparataba, comenzaba a despotricar y lanzar rayos y centellas, cosa que a mí me venía estupendamente, y como además le seguía la corriente y le ayudaba a seguir despotricando, la fábrica se llenaba de más y más rayos y centellas, y así me lo pasaba de maravillas.

Así me he llevado casi toda mi vida, hasta que esta mañana cuando desperté, me encontré con la desagradable sorpresa de un cartel que decía “Cerrado por reforma”. Y digo yo: ¡Qué reforma ni que reforma! Ya me parecía a mí que la reunión que hicieron anoche varias fábricas, no le encontraba yo mucho sentido, no sé porque algo presentía… En fin, que le voy hacer, paciencia, menos mal que gracias a mi alto grado de conocimiento en el trabajo que realizo, no tardaré en encontrar un nuevo puesto para cubrir mis altas cotas de necesidad, pues fábricas que precisen de mis servicios las hay en cantidades impresionantes.

Ya se debilitaban las voces de “ambos” por el camino al irse perdiendo en la distancia. Apenas se distinguían las siluetas, cuando escudriñando en la ya oscuridad, pude ver que se habían detenido ante otra de las fábricas que existen en el camino que está cerca de mi casa. Al parecer han encontrado trabajo –me dije- pues “ambos” han entrado y no han vuelto a salir.

Desde mi ventana, ya la oscuridad no me deja ver nada. La noche ha cubierto con su manto Azul lleno de pequeñas y grandes luminarias mi casa y mi ventana; y allí, sentado en el alfeizar me pregunto una vez más: ¿Hasta cuándo…?

Del libro  III