jueves

LA NOVELA XVII



 
Trozos del espejo
 
 
CAPÍTULO DÉCIMO SÉPTIMO


               ¡Noo, a mi noo! La duda no es un delito; escúcheme, yo sólo intento encontrar comprensión en lo que leo, intento encontrar una razón...
Los gritos de Leonor, en cierto tono lleno de histerismo, alertaron a las mujeres que ya regresaban del paseo. Cuando llegó Laura comenzó a preguntarle a Guillermo, el cual tenía a su madre cogida por los hombros amorosamente al tiempo que con dulces palabras de consuelo intentaba calmarla.
Yo tenía un vaso con agua en la mano ofreciéndosela para que unos sorbos le sirvieran de tranquilizante. Leonor bebió un poco de agua y, tomando una mano de Laura le preguntó:
- ¿Qué ha pasado, dónde estoy?
- Estás aquí, con nosotros, bajo la Encina, eres tú la que me tienes, nos tienes que decir que ha pasado... -le dijo Laura tiernamente-. Te habías quedado dormida, y de seguro estabas soñando.
Ahora Leonor, superado el momento miró y en sus ojos vi reflejada esa necesidad suplicante que suele manifestarse en algunos momentos críticos.
Como quiera que el más conocedor de lo ocurrido, aparte de mi, fue Guillermo por haber estado a su lado todo el tiempo, es por lo que se apresuró a decir:
- Jorge, ¿estaba soñando o es que ha estado en eso que se conoce como un trance?
- Es muy posible que dentro del sueño haya tenido una proyección mental dada las circunstancias. Ella tiene una lucha interior muy fuerte aunque no la aparenta; una guerra con infinidad de batallas. Una de ellas la ha estado librando precisamente aquí, un lugar que guarda amargos recuerdos aunque con final feliz...
- Por asuntos que más tarde fueron declarados como herejía -comenzó a decir Leonor-, una familia de la provincia de Huelva, se había desplazado a Sevilla. En esta ciudad fueron detenidos; le fue abierto al padre y en consecuencia a toda su prole Auto de Fe, por lo que fue obligado principalmente el padre a sufrir muchos de los horribles rigores de la Santa Inquisición.
“Uno de los miembros del tribunal, que, tomando conciencia de que eran personas que estaban de paso en la capital, propuso que fuera pasado el caso a su provincia. Así lo acordaron y así e hizo.
“Aquella familia con todos sus miembros encadenados y a bordo de una carreta-jaula escoltada por la soldadesca inquisitorial, tomó este camino de la sierra de Huelva ya que el mencionado lugar se encontraba situado por las estribaciones de la Sierra Morena.
“El perno que en los grilletes de los pies hacía de cerradura se soltó por estar mal puesto y el padre, justo cuando la comitiva transcurría por este lugar, logró saltar del carro y salir huyendo. No llegó muy lejos, ya que si se había librado de las cadenas de los pies aun le pesaban y mucho las que llevaba en las muñecas, y las cuales también le cogían el cuello. Esta dificultad hizo que consiguieran alcanzarlo y herirlo de muerte precisamente al pie de esta Encina; una Encina reciente en aquellos días, pero cuyas ramas fueron lo suficientemente fuertes para que en una de ellas fuera colgado cabeza abajo, quedando abandonado a las alimañas mientras la siniestra comitiva continuaba viaje entre el llanto y el dolor de su mujer y sus hijos, los cuales ahora no se podían contener y maldecían una y otra vez al fraile guardián y a los soldados de la escolta.
“Tomado conocimiento el nuevo tribunal de cuanto aconteciera en el camino, se dictó cárcel hasta que se viera la causa, por lo que la mujer y los dos hijos fueron conducidos a los sótanos y quedar allí encerrados juntos.
“Al atardecer de aquel mismo día, un cabrero y hombre piadoso que llevaba de vuelta el ganado a su aprisco, se sorprendió al ver aquél cuerpo colgado de semejante postura; se acercó sin temor, y apreciando un leve quejido, depositó toda su atención en encontrar un pequeño indicio a través del cual pudiera ser que aquél hombre siguiera con vida; se acercó un poco más y fue entonces cuando se dio perfecta cuenta de que aun tenía vida, no sabía cuanta, pero de lo que ya estaba seguro es de que alguna le quedaba. Salió corriendo y con la misma hoz que utilizara siempre para cortar hierbas para sus cabras, hizo un buen haz de la que siempre crece, como esas, en la misma orilla del arroyuelo formando así y con toda prisa un pequeño colchón bajo el cuerpo del hombre.
“Ultimado el trabajo hasta el más pequeño detalle, se subió en la rama consiguiendo cortar la soga que lo ataba por los pies. La distancia entre la cabeza y el sitial acolchado era tan escasa que cuando el cuerpo cayó apenas se lastimó más de lo que ya estaba. Con sumo cuidado lo colocó de la mejor forma posible sobre el haz de hierbas; luego estuvo mirando detenidamente si estaba muy herido, observando que tenía una herida muy grave en el costado por lo que haciendo con unas hojas que previamente lavara en el arroyo, una compresa, se la puso y salió a toda prisa en dirección a la pequeña y cercana aldea donde vivía.
“Cuando llegó y pidió auxilio relatando seguidamente el suceso, se organizó una partida de vecinos, los cuales desplazándose con un carro recogieron al hombre, el cual fue llevado y atendido por un lugareño del monte, conocedor de la medicina de la época teniendo como único elemento a la madre naturaleza.
“Pasado un tiempo y ya restablecido, le anunció a sus salvadores la necesidad de ir a buscar a su familia. Con los mejores ánimos y deseos de buena ventura por parte de aquella gente, partió para cumplir la única misión que llenaba todo su pensamiento y todo su ser. El camino a pie durante tantos días estuvo a punto de hacerle desfallecer, pero su inquebrantable coraje por estar junto a los suyos hacía que su flaqueza se convirtiera a cada metro en nuevas y renovadas fuerzas, y llegó... Se presentó ante el santo oficio, y éste al ver ante sí aquella entrega, aquella defensa febril tanto de la inocencia de él como de su familia, se acabó convenciendo en algunos miembros de aquél tribunal, que al final dio orden de libertad para todos”.
- ¿Y eso que quiere decir, que mi madre ha vivido en aquella época? -salió al paso Guillermo un tanto asustado.
- Bien pudiera ser, aunque no necesariamente relacionada con el mismo tema. Verás ha ocurrido, que aun quedan por aquí algunas energías de los actos que en aquel tiempo se vivieron, y bien pudiera ser, repito, que se unieran circunstancialmente a los pensamientos de tu madre sobre aquello que dijo de que se iba a quedar aquí para poner en orden algunas ideas; al parecer, sus pensamientos, que no dejan de ser generadores de energías, y relacionados con lo ocurrido les ha hecho vivir algo semejante al ir bastante parejos, y ello ha sido simplemente eso que os he dicho anteriormente: una proyección mental producida por la conjunción de unos pensamientos actuales con algunos recuerdos que se conservaban aquí desde el pasado, pero que ya se han diluido del todo con los momentos vividos por tu madre. Laura os puede hablar sobre la proyección mental ya que ella misma ha llegado a experimentarla, no mucho, pero algo así...
- ¿Y eso es malo, Jorge? -preguntó Leonor que aun le duraba un poco el susto.
- No, en absoluto, esto que te ha ocurrido es muy simple y carece de importancia en el sentido de que pueda llegar a preocuparte.
- Pero ¿tiene importancia en algún otro sentido? Es que me parece que al decirme estas cosas de forma tan dulce, me da la impresión de como si hubiera algo más pero que no quieres hacerme ningún daño.
- Yo no podría jamás hacerte daño a ti, ni a nadie, al menos de forma consciente y si lo hiciera de forma inconsciente, sería que fui llamado para hacerte pagar una deuda negativa anterior, y eso es lo peor que le puede guardar el destino a un ser humano; sería lo peor de su propio destino, lo que el quiso, pues no en vano todo lo que somos, tenemos y vivimos es producto de nuestras propias decisiones, en unos casos acertadas y en otros desacertadas, pero siempre nuestras.
No mujer, lo que ocurre es que cuando digo lo de importancia, me refiero a importancia relativa; ello se refiere solamente al hecho de que siempre es interesante haber vivido una proyección mental; lástima que a ti te haya tocado una historia desagradable, pero te aseguro que las hay muy hermosas y extraordinarias, pero dime: ¿cómo te encuentras, porque estos casos no causan trastornos de ningún tipo?
- Estoy bien, pero vaya susto que me llevé cuando querían encerrarme...
- ¿Con quién estabas, lo recuerdas? -le preguntó Laura.
- Recuerdo que estaba sentada, y ante mi había un hombre normal, algo famélico, con una sotana negra en la que me pareció ver unas partes blancas, estaban sentadas más gentes parecidas a él, otros daban paseos mientras que otro estaba sentado escribiendo, y ya no recuerdo más, sólo la impresión final...
- Leonor ¿últimamente te ha visitado alguien que tú en cierta medida pudieras relacionar con lo ocurrido? -le pregunté.
- Pensándolo bien, sí, la verdad es que estuvieron en casa dos muchachos muy bien vestidos y muy educados, pero no recuerdo de qué iglesia eran, aunque estoy segura de que me lo dijeron. Lo que sí recuerdo perfectamente es que yo había dejado el tema un poco, y ellos me lo volvieron a poner hirviendo con sus extrañas formas de pensar; no sé cuántas vueltas le dimos en aquel momento y aun se las sigo dando.
- ¡Tranquilízate! -le dijo Laura cariñosamente.
- Pero, si es que yo sólo me pierdo con las incoherencias. Recuerdo ahora mismo dos hechos de los que hablamos y sobre los que ellos no daban su brazo a torcer, primero: ¿Cómo Dios va a necesitar poner a prueba la Fe de Abrahán cuando le dice que mate a su propio hijo? Esto, y estaréis de acuerdo conmigo, es de lo más infantil; ahora de verdad, sinceramente: ¿esto tiene sentido? Y segundo: Si Dios hace al hombre libre para que él, mediante su libre albedrío, decida sobre lo que le conviene o no, y en todo caso serán sus propios errores que le ayudarán ¿por qué no? a aprender, ¿Cómo va a disponer de la vida de Jesucristo, y precisamente, para que los demás se salven? Lo siento, pero es superior a mi, no lo entiendo.
- Sosiégate, no te sulfures más que ya has tenido bastante por hoy. ¡Anda! Vamos a dar un paseo -la invitó mi mujer tomándola por un brazo, al tiempo que le pedía a Laura hiciera lo mismo por el otro lado.
Ahora, las cuatro mujeres se marcharon despacio. Guillermo me hizo señas dirigiendo su mirada hacia Alejandro. El cual continuaba acostado.
- No se ha enterado de nada, luego me dice a mi que los chupitos de la bota no le producen ningún efecto; fíjate que carita, parece un niño; ahí lo tienes, y sigue durmiendo tan ricamente -dijo Guillermo.
- Como que tiene que estar de a gusto... -le dije.
- Jorge, ¿qué te ha parecido todo lo que decía mi madre?
- Bueno, sólo puedo decirte que es una opinión en razón del conocimiento que se posee; yo suelo respetar los pensamientos o las creencias de los demás y nunca entro en aquello tan conocido de algunas épocas, como fuera y aun sigue siendo la conversión, ahora sí, y esto es diferente, si alguien me pregunta tiene la respuesta, guste o no, y, por supuesto caiga quien caiga...
- ¿Es malo tener dudas? -volvió a preguntar Guillermo.
No, aceptar que se puede creer, y luchar con esas dudas porque se cree que se puede, es una pelea que al final siempre se gana. Cuando no se gana, es cuando nuestra mente no nos deja, o mejor dicho, cuando por comodidad permitimos que sea ella la que tome las decisiones por nosotros. Cuando vamos a una fiesta, ella que es tan envidiosa como codiciosa, nos abre las puertas de otra, tan maravillosa, tan suntuosa que si no andamos listos es casi imposible negarnos a irnos con ella, y esa es nuestra eterna perdición.
Ahora vi a las cuatro mujeres paseando en la mediana distancia, no muy lejanas, sobre un pequeño altozano que se me antojaba por su decoración bañado por el sol de media tarde, como una bella alfombra del más exuberante verdor. Me pareció que llevaban una conversación bastante animada, cosa que me congratuló ya que ello era viva muestra de que Leonor se había recuperado.
Arriba de aquel precioso montículo y sentadas sobre unas piedras de pizarra conversaban, y el airecillo me trajo tenues fragmentos de la conversación que mantenían...
- ¿Cómo fue que os conocisteis Alejandro y tú? -le preguntaba mi mujer a María Isabel.
- La verdad es que fue de una forma muy natural. En aquel tiempo yo estudiaba para enfermera puericultora, aunque luego no terminé. Muchas veces pienso que debería hacer los dos años que me quedan, pero, ya sabéis, dos críos te absorben todo el tiempo, y como dice mi madre, con uno dedicado a la medicina en la familia ya es suficiente; de todas maneras muchas veces me planteo volver y terminar, de forma tranquila, por libre; y más ahora con esto de lo que nos están metiendo a todas horas acerca de que la mujer debe salir a trabajar...
“Había un ciclo de conferencias en el Colegio Médico. Una de ellas y que no olvidaré nunca, era sobre la natalidad en la sociedad actual. Asistí a ella, cuando llegue entré en el salón tomando asiento. Pronto la sala se llenó y dio comienzo la sesión con una corta proyección que supuse sería la introducción a la conferencia; así fue ya que terminada la película se encendieron las luces y uno de los doctores que estaba en el estrado empezó exponiendo una serie de interesantes avances en el campo de la preparación a la Maternidad. Saqué mi libro de notas y un lapicero e iba tomando apuntes a medida que el conferenciante daba informaciones y que yo consideraba de interés. En una de mis muchas notas de datos se me escurrió el lapicero de entre los dedos cayendo debajo de la butaca ¡madre mía! -pensé-, ¿cómo me hago yo ahora de él? No podía agacharme, imposible. Miré a mi derecha con cara de disculpas y, allí estaba él. Mi sorpresa se hizo palpable al darme cuenta que tenía un bolígrafo en su mano y me lo estaba ofreciendo en unión de una sonrisa tan llena de bondad que esa imagen quedó retenida en mi sentimiento, creo que para siempre, ya que algunas veces me pongo a recordarlo y veo en mi mente su rostro con la más absoluta claridad.
¡Te hará falta a ti! -le dije con cierto tono de confianza-. Vamos, como si le conociera de toda la vida.
Él, me dijo que no estaba tomando notas. Que no las necesitaba porque cuanto se estaba diciendo, él ya lo conocía.
¿Lo conoces? -le pregunte yo picándome el gusanillo ese de la curiosidad profesional aunque, principalmente, femenina.
Me dijo que lo conocía porque él pertenecía al equipo de doctores que había organizado la conferencia. También me dijo que era médico y que se llamaba Alejandro. Él, al preguntarme como me llamaba yo, en lugar de decírselo me equivoque y le dije que yo era estudiante... creedme que me quedé como cortada ante la sonrisa esbozada por él. Noté cómo los nervios me traicionaban, aunque con rapidez y cara de circunstancias conseguí decirle que yo me llamaba María Isabel.
Alejandro me recomendó que siguiéramos aquella conversación después de la conferencia, ya que el esfuerzo por hablar bajito solía perjudicar a la garganta.
Cuando terminó el acto, salimos al vestíbulo y Alejandro de forma muy elegante me invitó a un café. Nos sentamos y estuvimos charlando de todo un poco más de una hora. Al terminar la minivelada se ofreció para acompañarme a casa; yo no sé como aquello fue tan rápido, el caso que acepté y, ya veis hasta el día de hoy, feliz y contenta. A partir de entonces nos unió una gran amistad que con el paso del tiempo se fue convirtiendo en un cariño mutuo y total debido al roce y a la cantidad de cosas que teníamos y seguimos teniendo en común. La reciprocidad de ese cariño se convirtió en amor y ello nos llevó al matrimonio del que ya tenemos dos hijos, ¡ah! dos hijos y un problema...”
- ¿Y un problema? -quiso saber mi mujer un tanto extrañada después de tan encantador relato.
- Sí, porque no quisiéramos tener más niños y... -esto lo dijo María Isabel mirando tanto a Laura como a Leonor.
- ¿Y habéis hablado con Jorge acerca del tema, ¿verdad? -le cortó mi mujer sonriendo.
- Sí, ¿cómo lo sabes, te ha hablado él algo sobre ello? -preguntó María Isabel con cierto aire de sorpresa-: Cómo dice el refrán: “Dos que se acuestan en el mismo colchón se vuelven de la misma condición”.
- No, ten en cuenta que Jorge es mi marido, y como es natural lo conozco bien; además comprenderéis que entre nosotros haya una forma un tanto diferente no sólo por su manera de ser, sino por el trabajo que continuamente ha de hacer. No obstante, con respecto de ese trabajo nunca hablamos, esta es una cuestión sumamente reservada por su parte y en la que me quedó claro desde el primer día que yo no debería inmiscuirme jamás, amenos que él quisiera decirme algo, cosa que, aunque hasta la presente nunca ha sucedido, siempre he respetado.
- Y tú que opinas? -preguntó María Isabel.
- Yo no puedo opinar sobre tu caso, pero, sí te puedo decir que lo que haya recomendado él, es el mejor consejo que pudierais recibir. Seguidlo al pie de la letra y veréis como ello os dará un resultado satisfactorio.
- ¡Gracias! -dijo María Isabel correspondiéndole a mi mujer.
- Está claro que te ves muy unida a Jorge ¿verdad Marta? -dijo ahora Laura.
- Sí, me veo y me siento completamente identificada con él, lo acepto tal cual es, y ello, en cierta medida, hace que mi vida esté llenándose continuamente de cosas hermosas, aunque en ocasiones, algunas no las entienda.
- ¿Cómo es en realidad tu vida con Jorge? Si no te importa, naturalmente -quiso saber Leonor.
A Laura se le notaba cierta inquietud ante el nuevo derrotero que tomaba la conversación entre las mujeres.
- Veréis, Jorge y yo somos como la corriente eléctrica: el positivo y el negativo. Ambos tienen que ir necesariamente unidos para poder cumplir la misión encomendada. Dentro de que ambos seamos Espíritu y materia, en él se destaca la parte Espiritual, mientras que en mí la más desarrollada es la material. Sin la unión de ambos en el mundo actual, sin nuestro equilibrio y armonía, no se podría sobrevivir. Él es un ser totalmente altruista, no le interesa para nada la materia tal como la entiende el hombre de nuestros días; así que por ese motivo necesita a su lado a una persona que vele por él, que le ayude a defenderse de los lobos hambrientos, en cambio a mí y aunque parezca una paradoja, él me da la confianza, el aliento cuando la vida asesta golpes bajos y lo ves todo negro.
Él, con su forma de ser me dice que lo que pueda pasar, es porque existe alguna razón, algún motivo para que ello ocurra, aunque a mí se me escape la respuesta, el razonamiento, lo cierto es que eso me ayuda, me da esa confianza y ese aliento para seguir.
En cuanto a mi vida con él: pues nos llevamos bastante bien, aunque el ser tan distintos lo que hace es darnos la oportunidad de beneficiarnos de las virtudes que cada uno posee, eso sí, los defectos procuramos irlos venciendo, pero lo más importante y lo que verdaderamente hace que nuestra vida en común sea maravillosa es que los dos nos amamos.
- Bien ¿nos vamos? Parece que Guillermo nos está haciendo señas para que bajemos -dijo Laura después de un leve aunque significativo suspiro y al mismo tiempo que miraba hacia donde nos encontrábamos.
- Vamos, y cuidado al bajar que por este lado hay unas matas de ortigas, y ya sabéis como pican -advirtió María Isabel.
- ¿Qué os parece si nos vamos ya y nos paramos por el camino a tomar el cafelito? -dijo Guillermo mirando a su madre la cual acaba de llegar con el resto de las mujeres.
- ¡Qué hijo tengo! Cómo sabe que a media tarde si no nos tomamos los dos el café es como si nos faltara algo.
- Claro, os falta el cafelito -dijo Laura, al tiempo que con la ocurrencia todos nos echamos a reír.
Estábamos de nuevo en la carretera. Aun el Sol no se retiraba tras las crestas de la sierra cuando vimos que Laura se desviaba entrando a los aparcamientos, cuidadosamente cubiertos, de una preciosa venta.
No hubo necesidad de pasar al interior ya que Alejandro nos condujo a una de las mesas que estaban alineadas fuera, indicándonos que aquel era un magnífico sitio. Reconocimos que tenían razón, y nos pusimos a reír al ver cómo sacándose el pañuelo del bolsillo y colocándoselo sobre el brazo izquierdo al modo como se lo ponen los camareros dijo graciosamente:
- ¿Qué van a tomar los señores? Bueno bromas aparte, como aquí, según dice el letrero es autoservicio, quiero decir que vosotros os quedáis sentaditos que yo me encargo de todo; nada, vosotros tranquilos, decidme que es lo que queréis tomar...
El día transcurría de maravillas, a excepción de la pequeña experiencia vivida por Leonor, los ratos de armonía se sucedían uno tras otro entre bromas inocentes de Laura con Guillermo y viceversa; tampoco María Isabel se quedaba corta y manifestaba un ánimo y una gracia poco común.
Alguien se acercó por detrás, y tapándole con sus dos manos los ojos a Alejandro dejó transcurrir unos segundo jugando a aquello de la infancia, para decir de forma infantil: ¿quién soy?
Sólo cuando el recién llegado habló, Alejandro pudo saber de quien se trataba. Enseguida se puso de pie volviéndose y ambos hombres se fundieron en un amistoso y fraternal abrazo.
- ¡No me lo puedo creer! -dijo Alejandro dándole unas palmadas en la espalda, mientras repetía una otra vez que no se lo podía creer.
-¿Cómo supiste que era yo tan prontamente? -dijo el recién llegado.
- Tu voz es inconfundible para mi, además tú siempre estará en mi corazón y a mi corazón lo pongo a trabajar algunas veces igual que a mi memoria; ninguno de los dos deseo que te olviden jamás.
- Familia, os presento a mi querido amigo Alberto. María Isabel tú ya te podrás haber imaginado de quién se trata...
- Ya lo creo, me ha hablado tanto de ti que es como si fueras ya de la familia -correspondió María Isabel dirigiéndose al recién llegado.
- Más, mucho más -dijo Alejandro cariñosamente.
- Está demostrado y ahora no me lo puedes negar que sigues siendo el más exagerado del mundo.
- ¡De eso nada! Pero, cuéntame algo: ¿Qué haces tú por estas tierras a la vez que tan lejos de la tuya? Es que Alberto es de Almería -dijo Alejandro dirigiéndose al grupo.
- Pues te puedo contar poco... perdona un momento...
El amigo de Alejandro se disculpó y haciéndole un gesto con la mano a los dos hombres que le acompañaban, les dijo que pasaran adentro que enseguida estaría con ellos.
- Como te decía -prosiguió-: Poco puedo contarte por el momento. Dentro de unos días pensaba darte una sorpresa pero, supongo que el destino me la ha estropeado, de todas formas pronto te llamaré para estar un par de días contigo. De momento te puedo anticipar que he sido trasladado a un centro especial del Socorro Aéreo que hay aquí cerca. Ahora precisamente vamos para ver un terreno sobre el que se construirá una pista para aviones y helicópteros anfibios , ya que el gobierno andaluz quiere que esta zona esté lo suficientemente preparada para un alto riesgo de incendios forestales, y a mi me ha tocado llevar esta zona Sur.
- Bien, qué alegría me has dado, pero anda vete que te están esperando, y no dejes de venir pronto que si no, me entero de donde estás y vengo por ti, aunque te tenga que llevar con avión y todo, además, sabes que vienes a tu casa, allí ya tendremos tiempo de ponernos al día.
- Lo sé, y no te preocupes, de todos modos os llamaré un par de días antes para que prepares unos chupitos de los tuyos.
- Ya lo creo que sí, mira en el coche está, hoy he dado buena cuenta de ella, aunque yo sé que te refieres a mis combinados.
- ¡Qué tío eres! Familia ha sido un verdadero placer. Y a vosotros dos, hasta la vista, os llamaré.
- Adiós, Teniente, y, ya sabes...




























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