miércoles

LA NOVELA XVI



 
Trozos del espejo
 
 
                                              CAPÍTULO DÉCIMO SEXTO


                 Guillermo me hizo unas señas con una mano, mientras con la otra señalaba hacia donde se encontraba su madre, diciendo:
-Se ha quedado profundamente dormida, pero, parece como si estuviera soñando.
- Algo así parece, además da la impresión por sus gestos como si estuviera hablando con alguien, más bien como si alguien la estuviera acosando o preguntando...
<<Vd. me pregunta que si para mi la duda es el culmen de la racionalidad en el ser humano ¿no?>> -Leonor hablaba como si realmente alguien la estuviera sometiendo a un interrogatorio.
Y yo le digo que ahora si, ahora lo veo un poco más claro; la duda se encuentra en el centro de los dos extremos, y es buena porque de ella nace la inquietud, el deseo de conocer profundamente así como de conocerse así mismo, eliminando ese tipo de conformismo a veces fanático, a veces erróneo.
<<¿Qué me quiere decir con lo de las escrituras...?>>
No son solamente ellas, ni la tradición de la iglesia viviente de Cristo las que contienen la verdad, como tampoco tienen el dogma de la interpretación de los libros los hombres de la iglesia.
No sólo la iglesia puede indicarnos con infalible certeza cuáles son los libros escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, y cualquier otro criterio podrá ser aceptado siempre y cuando se dé por válido que las fuentes son obra de Dios, pero también de los hombres.
Este desdoble en la característica de los libros sagrados, parcialmente obra Divina, parcialmente obra humana, es fundamental para el conocimiento e interpretación de los mismos, y de no tenerlo en cuenta, todos cuantos lean se tropezarán con innumerables e insalvables dificultades.
Algún día, me gustaría que alguien entendiera la Teología como una ciencia que también trata del orden humano desde el prisma auténticamente cristiano; Entonces nos daríamos cuenta que existen virtudes que se evidencian entre sí, al no ser concertadas en el orden que por naturaleza propia le corresponde.
La Fe es de una importancia relativa, ya que con ella, también es relativa la ayuda que Jesucristo pide para nuestro hermano. Independientemente de la consecución de una feliz solución a un problema grave, está la creencia del hombre. Por la Fe se ve, pero cuando ya se ha visto todo es de un valor relativo.
La Esperanza tiene un valor similar al de la Fe, siendo así mismo de una importancia irrelevante en cuanto a solucionar graves trastornos se refiere. Podríamos decir, que, al igual que la ilusión, esta deja de tener valor para pasar a una nueva etapa, sin embargo, y en una frecuencia de otros valores, tanto una como otra son imprescindibles en la vida del hombre de nuestro días.
La Caridad es humana cien por cien, ya que a diferencia de las dos anteriores, parte de nosotros mismos sin que materialmente seamos destinatarios de sus beneficios. No tiene límites, ni fronteras, y es la más importante porque puedes vaciarte, darlo todo, y cuando no te queda nada, entonces, sólo entonces recurres a la Fe y a la Esperanza de que te den cuanto necesitas para seguir entregándote al cumplimiento del mensaje.
<<¿Qué si las dudas que tengo sobre la figura de Jesucristo son desde hace mucho tiempo? me pregunta.>>
No. Con tanta fuerza, desde hace poco tiempo...
¿Vd. me pide que le haga un planteamiento sobre ello?
Después de lo que llevo leído, meditado y reflexionado, cada vez lo tengo más raro. Fíjese cual es mi planteamiento: Está a punto de cumplirse la Era y aun se ve la vida de Jesús llena de paradojas, si por paradoja se entiende realmente la aserción inverosímil o absurda que se presenta con apariencia verdadera.
Jesucristo, hasta cuyo nombre aun sigue en duda, y cuyo misterio, la ciencia más avanzada está por descubrir aún, ¿dónde aparece? Se nos hace presente en una tierra de Israel tan triste como pobre, llegando a ser incluso en el marco del imperio romano, uno de los más despreciables países esclavizados en todos sus órdenes y niveles. Y es ahí donde decide poner en marcha su ambicioso plan de hacer llegar a la Humanidad a través de su influencia, la Verdad de un mensaje, que no por corto en el lenguaje dejará de ser el más grande de esta Era, y cierto de cuantos los hombres hayan tenido necesidad de entender y seguir.
Sería, no sólo el Gran Maestro, sino el más fiel y audaz guerrero que conociera la historia de todo los hombres. Sus armas en el vasto campo de batalla serían un libro sin palabras llamado Amor y una espada sin filo llamada entrega; evidentemente no es en apariencia un sabio como Aristóteles, sin embargo, hoy están olvidados los estudios y enseñanzas de éste, en comparación con la actualidad de que se sigue disfrutando en nuestros días no sólo de su palabra sino de toda su inalcanzable sabiduría.
Tampoco fue un conquistador de la altura y brillantez de Alejandro Magno, que llegó a hacer caer a todo un imperio persa, según relatan los libros proféticos, por lo que no debe considerarse casualidad, entre comillas, el que tantas y tan grandes conquistas estén ahora en el recuerdo, mientras que las de Jesucristo aun sigan en continua evolución.
Su propia gente se extrañaba de su comportamiento, de su forma de expresar sus ideas y sus conocimientos, sabiendo como sabían que Él, no había asistido nunca a ninguna escuela, ni había aprendido lo más elemental que le llevara a conseguir aquellos conocimientos; Vive una vida de mendigo, siendo en cierta medida nómada por esa inquietud que le mueve a estar continuadamente de un sitio para otro. Es despreciado por ricos y poderosos, y aun a pesar de que también sientan desdén por Él muchos de la clase pobre, no es menos cierto que cuando se mueve le sigue toda una masa de gente que escucha con toda atención sus palabras. Una parábola dicha en aquella época era entendida perfectamente por unas gentes que carecían de una cultura total, y en cambio hoy difícilmente es bien interpretada por la mayoría.
Todas las aflicciones y enfermedades lo respetaban y obedecían; La ceguera, la mudez, la cojera, la lepra y hasta la misma muerte huían con sólo una palmada suya. Sin embargo, todos aquellos prodigios y maravillas, crearían tal cúmulo de envidias y rencores a su alrededor que serían contribuyentes a un final al parecer deseado por Él mismo, ya que si sólo ante el gobernador Pilatos afirmó con toda rotundidad que era Rey, no habían transcurrido más que unas horas de aquella afirmación cuando, mansamente, se dejaría maltratar y crucificar en un madero; y no sólo por su deseo de morir, sino por el hecho de quererlo de la forma más cruel y baja con que en aquella época se entendía que quien iba a la muerte por aquel sistema, significaba que se trataba de un delincuente de la peor calaña. Y tampoco fue una muerte Judía como algún que otro colectivo sigue manteniendo; fue una muerte romana auténtica, eso sí, con el beneplácito del pueblo judío.
Ante tamañas contradicciones, el mundo racional no puede hacer otra cosa más que preguntarse: ¿Cómo pudo ser así? Y así es; lo que verdaderamente ocurre es que ante paradojas de ese calibre, el mundo se niega a asomarse a la ventana a través de la cual se puede ver el secreto de una vida ciertamente paradójica. Quién se asoma a esa ventana, ve cuanto de Divino hay en la persona de Jesucristo. Y ese mundo que presume de racional se obstina en no admitir que la vida no es más que el desdoble de la persona y por consiguiente las paradojas de una vida siempre serán las reverberancias paradójicas de la persona.
Ante esta forma de verlo, nos daremos cuenta de que Jesús como persona Divina, encierra en sí dos naturaleza tan distintas como la humana y la Divina. Es muy clara la dualidad de la persona, tanto más, cuanto que en el momento de abandonar una postura, se encuentra inmediatamente inmerso en otra, y así estará toda su vida: pasando de un campo a otro tantas veces como lo requiera cada uno de los muchos acontecimientos a los que Él mismo se obligará a vivir.
Aunque pequeñas, pero no por ello preocupantes dudas, llenarán a algunos la narración evangélica, en contraste con la liturgia actual, ella nos dice: Habéis oído que fue dicho: ¡amarás a tu prójimo y aborrecerás a tus enemigos! Pero yo os digo: ¡Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen! ¿Cómo se entiende pues que no se cumpla por la iglesia mandamiento tan relevante, cuando ella misma nos dice también: ¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que aman al Señor! ¿Y a los que por las razones que sea no los ama? ¡Paz a los hombres de buena voluntad...! ¿Y a los que están atravesando momentos llenos de dudas, momentos abúlicos u otros motivos ajenos a sus propios deseos? ¿Desdoble en la capacidad interpretativa de un mandamiento Divino, ajuste a un interés determinado...?
La falta de Fe hace nacer en el hombre la negación. Qué Jesucristo sea hombre, al parecer, sobre ese planteamiento no hay la menor duda, pero ¡qué sea Dios! Esto ya no suena tan fuerte, y hay quien trata, en ocasiones, de apartarse de ese pensamiento haciendo a veces la vida de Jesús completamente incomprensible y absurda, llegando al extremo de verla en algunos casos un tanto amañada, pero, si nos paramos a pensar un poco, encontraríamos muchas respuestas, curiosamente a preguntas que nunca nos hemos hecho, y en ellas se comprende cómo Jesucristo no sólo enseña y muestra un camino, sino que también ordena, prohíbe y llega hasta la amenaza y la condena.
Evidentemente, Jesucristo es Hijo de Dios, pero si además es Dios mismo, estamos en mal camino al pretender discutir con Él. Por ello conocer la Divinidad de Jesús, es estar cerca de la base que sostiene la vida Cristiana, y nos afecta de tal manera que hace al hombre ahondar en la ciencia más exacta, a través de la cual sólo se puede llegar al verdadero conocimiento de la verdad.
Por el contrario, y con transcurrir de los siglos, la impiedad no dejará de rechazar el dogma de la religión y la atacará continuadamente cayendo en el error de que en lugar de echarla abajo, con ello lo único que hace es fortalecerla, al darse cuenta la religión misma de su poder, máxime si con tan torpes ataques dejan ver su propia estrategia.
Por ello, este dogma del cual quisieran desentenderse muchos, porque para ellos resulta, en definitiva, un sueño inconseguible al convertirse en una pesadilla de cuyo fantasma aterrador difícilmente podrán librarse. Todo esto nos lleva a ver que la Divinidad de la persona de Jesús es en consecuencia y de manera rotunda el sólido cimiento de nuestra Fe, ya que esa Divinidad y como de forma atrayente, ha conseguido a través de diferentes parcelas magnetizar hacia todos los envites en tantos y distintos momentos de la historia.
<<¿Qué cómo hablo de dos naturalezas?>> -seguía hablando Leonor-, pero, una vez más como si repitiera la pregunta que alguien le hiciera.
Dios llama al Hijo de María Jesús en el momento de la circuncisión por ser esta de un significado total y absoluto. Por ello la Divinidad de Jesús hombre queda clara y definitiva en su propio nombre al llevarlo en la plenitud de su significado, ya que circuncisión y nombre de Jesús se complementan al revelar en Él las dos naturalezas, la Divina y la humana.
Hombre verdadero por consiguiente, es lo que se desprende de la circuncisión de Jesús, y en su nombre porque en su significado salvador, se denota su Divinidad ya que sólo Dios puede salvar al hombre. Es pues, en la circuncisión en donde conocemos a Jesús como un ser humano igual a nosotros, nos obstante, y al detenernos en el nombre hay que advertir de cómo está por encima de todos nosotros.
No todos los seres humanos son marcados por Dios para que hagan su historia, sin embargo, anteriores a la aparición de Jesús en la tierra, hay antiguos patriarcas cuyos nombres y presentación si tienen marcados por Dios, comportamientos y destinos de cuanto deben ser y hacer en la historia. Más tarde, es el propio Jesús el que recibe de Dios el más profundo y amplio detalle de cual tiene que ser su conducta en el transcurso de su vida.
Puede decirse, que los más afortunados y dichosos fueron los mismos apóstoles, ya que les fue brindada la oportunidad de hacer proliferar en el mundo el nombre de Jesucristo. En el Nuevo Testamento, que es el auténtico testimonio de su trayectoria pública, siempre bajo la interpretación de la iglesia, se observa cómo se hace referencia de su nombre desde la primera hasta la última línea.
Independientemente de cuantas maravillas contemplaron los que de alguna forma estaban alrededor de la vida de Jesús, y aun pasando por alto cuanto de milagroso hay en su haber altamente avalado por fieles testigos, es justo reconocer todas las afirmaciones de Jesús ya que estas son categóricas y extraordinarias tanto en sus formas como en sus circunstancias.
Desde la Creación y hasta nuestros días, son muchos los locos que han pretendido afirmarse como dioses en los diferentes órdenes ya conocidos de todos, sin embargo, llegar hasta el extremo de afirmarlo como Jesús lo hizo, nadie, absolutamente nadie lo ha hecho. Él se proclamó Dios como dominador absoluto de la vida y de la muerte, y este es un acontecimiento calificado no sólo de extraño, sino de insólito e inaudito.
De toda la forma singular de Jesucristo en lo que a sus afirmaciones se refiere, cuando se proclama como Dios único, tiene la valentía de decirlo no sólo a sus apóstoles, sino que en público se lo manifiesta al resto de los judíos entre los que se encontrarán sus enemigos mismos. Fuera de aquellas fronteras y a través de sus apóstoles utilizando como vehículo su iglesia, se lo hace saber al resto del mundo, y esa aseveración la hace categóricamente a sabiendas de que en un momento dado se puede volver contra Él en armas de su propio pueblo, como así sucedió.
Por ello, el poder de la mente puede ser un laberinto cuando no hay dominio sobre ella, por lo que se puede producir un choque entre pensamiento y acto. Ello hace extraordinaria la contradicción de Jesucristo. Queda claro pues, que aun siendo sólo Él, el único que conoce mejor que nadie su propio desarrollo, nos da a entender que en ningún momento se dé abierta categoría a nadie, más si antes no se han contrastado sus ideas y pensamientos con sus actos. Sin embargo, hay momentos extraños en la vida de Jesucristo, cuando Él mismo y a sus apóstoles le pregunta: ¿Quién dice el pueblo que soy yo? Aunque la respuesta es: ¡Unos dicen que Juan el Bautista, otros que algún profeta! No deja de ser ciertamente incoherente semejante pregunta... ¿Acaso la gente del pueblo no conocía con suficiencia a Juan el Bautista?
Pero Él sigue insistiendo, ahora directamente a los mismos apóstoles: ¿Quién creéis vosotros que soy yo? Pedro, al parecer, el más convencido le responde: ¡Tú eres nuestro Cristo, el Hijo de Dios vivo! Pedro tenía que estar convencido de ello, y entre otros acontecimientos que presenciara, estaba el de su propia suegra; pero lo más curioso de la respuesta debe ser, o al menos parece ser el que ignoraba que él junto con los demás también eran hijos de Dios, vivos.
No tiene una importancia muy relevante el que esta pregunta se la hiciera para conocer la opinión del pueblo. ¿Acaso Él, de antemano no conocía lo que el pueblo pensaba? ¿Pero, por qué también a sus discípulos directamente, si ellos ya le habían visto casos maravillosos, como andar sobre las aguas, calmar la tempestad sólo con un gesto etc., etc.? Una vez más la contradicción aflora, pero, ¿qué hace Jesús al oír la contestación de Pedro? Comenta satisfecho y lo bendice.
Es de vital importancia estudiar que, al parecer, había veladamente un cierto desconocimiento en la reacción de los discípulos ante preguntas semejantes. ¿Por qué precisamente a Pedro le nota una fe diferente como para elegirlo base y principio de su iglesia? Además, ¿por qué tanta premura en darle el máximo relieve ante los demás? ¿Qué pensarían los otros ante tal manifestación de Jesús? ¿Acaso Jesús ignoraba también que más tarde se le presentaría a Pedro una ocasión tan crucial y sobre todo en un momento tan delicado como el de su detención y en el que volviéndole la espalda lo negaría y abandonaría?
Claro que esta declaración no se la hace sólo a sus discípulos, sino que abiertamente se la lleva a sus fieles cuando a su alrededor oyen su palabra, y además hacerlo durante momentos en los que Él sabe que el pueblo, en cierta medida enemigo, está pendiente de Él.
Es tan complicado como difícil el pensar que alguien pueda tener dudas o rechace a quien se limita a decir solamente, que debemos amarnos los unos a los otros. Hecho reconocido de todos o casi todos, como principio y fin de nuestra vida.
En una ocasión le dijeron a Jesús un grupo de judíos, de forma un tanto agresiva y los cuales le rodeaban a las puertas del templo: ¿Hasta cuándo nos estarás trayendo en suspense nuestra alma? Si tú eres el Cristo verdadero ¿por qué no lo dices de una vez, abiertamente? A lo que respondió Jesús diciendo: Ya os lo he dicho en infinidad de veces y no queréis creerlo; las obras que yo hago en el nombre de mi Padre dan testimonio de mi; no queréis entender que Yo y mi Padre somos uno sólo.
Como puede ver, una afirmación tan contundente, tan absoluta sólo manifiesta la Divinidad... ¡Yo y mi Padre somos sólo uno! Así, fue tan terminante para aquella gente que intentaron hasta agredirle en ese mismo instante, en cambio Jesús les dice con la dulzura que le caracterizó siempre: ¡Tranquilizaos? ¿Por qué sentís ese deseo de pegarme? A lo que respondieron: Porque has blasfemado; porque siendo un hombre quieres erigirte en el Dios único. Y a esta otra acusación, ¿qué responde Jesús? Por qué si no es Dios Verdadero, si cuando afirma esto no es más que una osadía afarolada y orgullosa, este es el sitio y el momento justos para hacer una demostración convincente. Ya seguir engañando cuando de por medio hay algún beneficio se puede considerar dentro del capítulo de los errores humanos, pero mantenerlo cuando por ello están dispuestos en ese momento hasta llegar a apalearlo, esa es cosa que difícilmente se le ocurriría a otro cualquiera. Sin embargo, Jesús se yergue sobre su afirmación, y no sólo se atreve a confirmarla, sino que además y ante los atónitos agresores se pone a darles toda una serie de razones diciendo: Estoy de acuerdo en que no creáis que lo que hago son las obras de mi Padre, más si las hago y ello sí os convence, al menos creed en ellas y entonces entenderéis que Yo y mi Padre somos uno sólo, pues Él está en mi y Yo en Él.
Otra afirmación de Jesús: Se trata de cuando es detenido y llevado a la presencia del sumo sacerdote José Caifás, el cual y desde el tribunal que él mismo constituyera a petición del Sanedrín, le pedía drásticas explicaciones sobre la doctrina que defendía.
Se daba perfecta cuenta de que ya no se trataba de hablar con el pueblo ignorante y ante el que podía argumentar cientos de formas y luego poder salir airoso por muy complicado que fuese el aprieto. Se encontraba ante un tribunal solicitado por los miembros del Consejo Supremo de los judíos que cuando emiten sentencia, ningún hombre es capaz de salir con bien, máxime si la sentencia por demás es de condena; y Él lo sabía, y nosotros sabemos que hay hombres poseedores de la suficiente entereza para defender la verdad pero, ¿defender una mentira? Y Caifás le pregunta ante aquellas acusaciones: ¿No respondes a ellas? Jesús calla. Seguidamente le vuelve a preguntar: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios Bendito?
Mis dudas se acrecientan tanto como mi solidez en el planteamiento. Porque Él sabe en ese momento que de su respuesta depende su propia vida; a pesar de ello responde: ¡Yo soy! Y veréis al Hijo del hombre viniendo sobre una nube del cielo, y sentado a la derecha de la Potencia de mi Padre.
Esta afirmación vuelve a hundirme en el tempestuoso mar del no saber, ya que ella es de una incoherencia de lo más absurdo pues ¿cómo puede decirle a un ser tan despreciable, cruel y perverso, que verá al Hijo del hombre etc., etc.? Y como era de esperar rasga sus vestiduras alegando que ante tanta blasfemia no hay necesidad de más testimonios, por lo qué hipócritamente lo encuentra culpable condenándole seguidamente, y todo según la ley porque se había erigido en Hijo de Dios. Y aquí yo me pregunto: ¿Si Jesucristo no era el mismo Dios hecho hombre para estar entre los hombres, cómo es posible que llegara a tal grado de absurda heroicidad que se dejara matar por defender una mentira?
<<¿Qué si yo tengo fe?>>
¡Naturalmente que tengo fe! Pero, es que de lo que yo estoy hablando es de las Escrituras... Yo sé muy bien que el momento cumbre en la vida de un hombre es el de su muerte, y me doy perfecta cuenta de cómo Jesucristo hasta ese momento fue aprovechado por Él para declarar su Divinidad. Y que esto tuvo que hacerlo para no dejar ni una sola duda, que nadie fuera a pensar que se arrepentía de sus afirmaciones y comportamientos pasados, pero...



















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