miércoles

LA NOVELA XI



 
Trozos del espejo
 
 
                                           CAPÍTULO DÉCIMO PRIMERO


- ¡Buenas tardes Leonor!
- ¡Hola Ramón! ¿Cómo tú por aquí y a esta hora? Pero pasa, hijo.
- Me alegro de verte; es verdad que ya hace bastante tiempo que no venía por tu casa.
- ¡Y que lo digas! Bueno, y a esta hora... ¿de descanso?
- ¡Qué va! Nos dejaron en la calle a toda la plantilla a comienzos de la semana pasada.
- ¿Cómo que os dejaron en la calle? Pero si tu empresa no tenía ningún problema.
- Pues ya lo ves, resultó que sí, y gordo ya que en principio parecía que iban a reducir la plantilla comenzando por cerrar uno de los turnos, cuando de la noche a la mañana lo que cierran es la planta entera y con ello todos a la calle.
- Pues sí que está esto cada vez más claro, ¿y ahora qué piensas hacer?
- De momento hemos formado una comisión que se encargue de todo hasta que nos liquiden porque aún no nos han pagado, y arreglando el papeleo del desempleo.
- ¡No sabes cuánto lo siento hijo! Si en alguna cosa te podemos ayudar, ya sabes que puedes contar con ello.
- Lo sé y te lo agradezco. ¿Y Guillermo?
- Dentro. Está con una reunión.
- ¿Y Laura, viene mucho por aquí ahora?
- Sí, hoy precisamente está también aquí; es que están reunidos con Jorge, ya sabes quién es; me dijo Laura que no hace mucho tiempo también tú le conociste.
- Sí, exactamente; un día que, por cierto, andaba yo bastante apurado.
- También están Alejandro y su mujer María Isabel.
- ¡Caramba! Pues sí que es buena la reunión. Bien, no te entretengo más, ya vendré otro día, y dale muchos recuerdos a todos.
- No te vayas, porque estoy segura de que si les digo que estás aquí se alegrarán de verte; espera un momento...
- Ves, pasa que quieren que te unas a ellos; si te hubiese dejado marchar no me lo hubiera perdonado; ha sido Jorge el que ha pedido que te quedaras.
- Buenas tardes a todos.
Ramón acababa de hacerse presente y todos nos levantamos, excepto Guillermo. Fue saludándonos uno por uno y de la misma forma le fuimos correspondiendo; Laura le acercó una silla y Ramón se sentó entre Guillermo y Alejandro, no sin advertírsele que se sentía un tanto cohibido.
- ¡Qué verdad es aquello de que Dios aprieta pero no ahoga! -dijo Ramón nada más sentarse y mostrando al tiempo una evidente cara de satisfacción.
- Seguro que sí, pero, ¿por qué dices eso? -le preguntó Laura.
- Porque venía a ver a Guillermo; tenía necesidad de hablar con alguien y pensé en él como la persona ideal con quien poder desahogarme; y mira por donde buscando un amigo me encuentro con un montón.
Leonor que se había quedado en la puerta nos dijo que Ramón se había quedado sin trabajo porque cerró una de las plantas de la fábrica donde trabajaba desde hacía nueve años.
- ¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? -decía Ramón con un tono de voz ciertamente lastimera.
Verdaderamente, Ramón tenía necesidad de desahogarse; parecía como si ello le acompañara de forma especial, pues la primera vez que le vi le ocurría algo semejante, aunque en aquella ocasión se tratara de otro tipo de cuestión.
Contaba con todo rigor, las aventuras y desventuras de su empresa, y su relato me transportó mentalmente a otra situación; una situación relacionada con mi anterior trabajo dentro del marco de mi vida laboral...
...”Esto no puede seguir así -me decía a mí mismo ante la cantidad de anormalidades que iba descubriendo- esto va a acabar mal.
Día tras día, notaba la falta de dedicación, la falta de una mínima responsabilidad profesional por parte del director de mi empresa, el cual era incapaz no sólo de solucionar aquellos problemas que su desidia iba generando, sino de poner un poco de orden en ese caos de régimen interior que se produce cuando la cabeza principal no rige.
Se acercaban las vacaciones del verano y ya el personal dejó de hilar fino, no es que antes lo hiciera, pero, al menos hilaba; comenzó a entrarle la conocida víspera de la fiesta, esa manglana que les entra a algunos y que les hace sentirse tan eufóricos que ya todo o casi todo les da igual. Su pensamiento está tan lejos como el lugar donde pasarán sus vacaciones, y su actividad que es ahora de orden mental lo único que les preocupa son la lista de cosas que han de preparar para llevarse.
Como tantas tardes, el director apareció casi a última hora y, como tantas veces, se apreciaba en él claros síntomas de que su felicidad y su alegría no eran, precisamente, por ser portador de la buena noticia de haber cerrado con algún cliente una óptima operación comercial, no, simplemente era que había hecho un nuevo examen de degustación de alcohol en sus diferentes modalidades, y había obtenido, al parecer, una más que aceptable puntuación.
Cuando llegó, saludó y se sentó entre los que a esa hora estábamos en el departamento comercial. Ciertamente era un hombre que dominaba bastante bien su situación, quiero decir, que para alguien que no le conociera ese comportamiento podría pasar perfectamente inadvertido, pues su actitud era en su personalidad mitad infantil, mitad burlona por lo que la conjunción de ambas le hacía un tanto irresponsable aunque nada agresiva en ningún orden, el problema estaba, sencillamente, en que no estaba, carácter que me sorprendió siempre en un hombre cuyo nivel cultural era, en apariencia, bastante alto.
Nadie en la oficina, aun teniendo conocimiento de ello, se había interesado por mi participación en una mesa redonda celebrada el día anterior en la Universidad de Sevilla, y a la que fui invitado con carácter de conferenciante; sin embargo, él si quiso saber acerca de ello por lo que me preguntó...”
- Jorge ¿cómo fue esa conferencia? -me dijo muy serio.
- Muy bien, muchas gracias – le respondí al tiempo que pensé que me había engañado, que al parecer no estaría tan mal y yo lo había prejuzgado duramente, aunque dudaba, ya que para mi no eran desconocidas sus correrías.
- ¿Estaba Vd. sólo?
- No, no fue exactamente una conferencia, sino una mesa redonda aunque se abrió el debate con una disertación mía. Estuvo patrocinada por la Cátedra de Historia de la Universidad de Granada.
- ¿Sobre la historia en general? -dijo guardando las formas de tal manera que cada vez me tenía más sorprendido.
- No, aunque todos sus actos van dirigidos hacia los campos de la Historia, lo cierto es que en esta ocasión ha sido un ciclo de temas muy concretos; ayer el que se trató fue la Civilización Maya dentro de un conjunto cultural dedicado a las distintas civilizaciones.
- ¿Tanto sabe Vd. sobre el tema Maya? -dijo ahora mostrándose verdaderamente interesado.
- En general, la verdad es que no, por eso es que se recurre en estos casos a la mesa redonda y en contadas ocasiones, ya que al tratar el tema entre tres o cuatro personas la labor que se desarrolla de forma complementaria se realiza con diferentes niveles, muy altos y perfectamente parcelados, ya que de esta forma el conocimiento deja una huella muy interesante.
- A mi me ha llamado siempre la atención el arte Maya. ¿Cómo era realmente desde la perspectiva del estudioso? Porque yo lo que conozco es lo típico de las enciclopedias.
- De lo más curioso, tenga en cuenta que eran unos grandes artífices de la piedra sin haber conocido el Hierro, y digo lo de que es curioso porque ellos trabajan la piedra con la piedra; es conocido de todos que es harto difícil. Sin embargo, sus mejores y mas finos trabajos legados llegaron con el descubrimiento de la Obsidiana que era una especie de piedra volcánica.
- Hay mucho de misterio en todo lo que realizan a lo largo de su historia ¿verdad?
- Claro, entendemos que hay mucho de misterio cuando desconocemos el alto nivel Espiritual de cada individuo o pueblo.
- Sobre los mayas ¿se podría decir que eran unos auténticos artistas de la escritura?
- En cierta medida sí; aunque es justo reconocer que sobre la escritura de esta gente se conoce bastante poco. No obstante, a diferencia de lo que se tenía creído sobre otras civilizaciones como la egipcia o la misma civilización Atlante que habían tenido contactos con seres de otros planos, quiero decir: extraterrestres, la verdad es que no, pero los mayas si recibieron influencias de otros planetas; de ellos aprendieron no sólo la escritura jeroglífica, sino que además le enseñaron una forma natural de medir el tiempo, el uso de un calendario profético y hasta amplios conocimientos sobre la rueda del Zodiaco así como la influencia que ejercen los astros sobre la Tierra como planeta. Como comprenderá, toda esta sabiduría que se podía haber escapado de la memoria indígena, hubieron de pasársela a sólo unos pocos, digo pasársela porque toda la comunicación era mental, por ello los elegidos del pueblo fueron miembros de la alta jerarquía sacerdotal.
- Entonces ¿los conocimientos astronómicos...?
- Hoy por hoy, la ciencia actual no ha conseguido igualar aún el conocimiento Astronómico de este increíble pueblo, es más ninguna otra civilización consiguió superarlo.
- Fueron una civilización diferente a las demás ¿verdad? - dijo, al parecer, completamente imbuido en el diálogo.
- En cierta medida sí; y ello es debido a que fueron un pueblo que al estar tan en contacto con la Naturaleza, a la que llamaban Madre, la entendían plenamente; conocían perfectamente los cauces ocultos por donde discurrían las corrientes telúricas de la tierra, y gracias a esas energías sabían donde realizar de la forma más conveniente sus grandes obras, no sólo de Arquitectura sino hasta de Ingeniería, pues como Vd. sabrá, son conocidas las formas en que hacían subir las corrientes de agua cuando esta era necesaria arriba en la montaña.
"Ellos consiguieron una inteligencia muy desarrollada a raíz de haber hecho progresar su instinto gracias a una especial agilidad mental; aun en nuestros días y para muchas de aquellas realizaciones se sigue buscando explicación, y no las tendremos nunca porque estamos en la más absoluta regresión; nosotros somos incapaces de sacrificar nada por conseguir poner en marcha el mecanismo de aquella energía, energía de la que también podríamos disponer si quisiéramos, pero eso no ocurrirá nunca; fíjese Vd. en que el pueblo Maya es una gente tan sencillamente amable, tan cordiales, tan pacifistas que son capaces de entregarlo todo antes que entrar en una pelea sangrienta para defenderse ante la invasión bárbara que contra ellos pueda llevar otro pueblo cercano.
- Muy bien hombre; me satisface ese conocimiento suyo y que todo le haya ido estupendamente.
Agradecí una vez más la deferencia y me levanté con idea de recoger algunos papeles y marcharme a casa. Él también se levantó y se dirigió a su despacho; intenté averiguar en su forma de andar si sus movimientos estaban debidamente coordinados o por el contrario había alguna alteración que confirmara mis dudas ya que esa tarde y ante la conversación mantenida conmigo me había dejado en un estado bastante confuso.
Pasados unos minutos me dirigí hacia su despacho con el fin de despedirme hasta el día siguiente. Abrí la puerta, previa llamada con los nudillos, justo en el momento en el que sonaba su teléfono. Descolgándolo, me hizo una señal con la mano dándome a entender que me esperara.
Por el tono nada feliz, y el tipo de conversación que mantenía, supe que uno de los directores de la central se iba a desplazar en breve hasta nuestra sucursal. Él, seguía hablando, contestando preguntas y tomando los datos que su interlocutor le pedía fuera anotando. Cuando colgó el teléfono comentó con cierto disgusto: el lunes viene el Sr. Torres, llegará por la mañana.
- ¿Sabe Vd. a qué viene? -le pregunté.
- Al parecer quiere estar unos días aquí con nosotros, así que prepárese porque también querrá salir de viaje, ya sabe, hacer algunas visitas conjuntas y conocer como va todo.
- Está bien, será atendido como es de costumbre en nosotros; hasta mañana -me limité a decir.
- Adiós Jorge. hasta mañana.
Ya camino de casa, no dejaba de pensar en que esta era una ocasión que se me presentaba para intentar arreglar algo en la sucursal. La verdad era que me daba un poco de miedo, o al menos un poco de reparo, pero, lo cierto es que también había dicho muchas veces que de la forma que estábamos haciendo las cosas no íbamos a ninguna parte. Desde entonces ya me di cuenta que dejé de caerles bien hasta a mis propios compañeros; ya hacía unos meses que venía notando en ellos un cierto trato sarcástico; estaba claro que mis peticiones de cambiar a mejor no les beneficiaba a ninguno de ellos. Decidí no seguir pensando en el tema y esperar a que los acontecimientos se desarrollaran por sí solos el Lunes.
- Buenos días ¿ha llegado ya el Sr. Torres? -quise saber apenas había entrado en la oficina.
- Aun no, ha ido el Jefe a recogerlo al aeropuerto.
Estaba haciendo una llamada cuando llegaron; saludaron en general y ambos se metieron en el despacho. Estuvieron los dos solos toda la mañana. Cuando volví por la tarde, el departamento comercial fue llamado en pleno, y tal cual se sabía de antemano, el Sr. Torres dijo que deseaba salir con cada uno de nosotros un par de días tocándome a mi el primero de los turnos.
A la mañana siguiente salimos de viaje. Durante el mismo la relación se hacía cada vez más distendida, entraba por momentos en fases de relajadas posturas; ahora se asentaban las opiniones en terrenos de comprensión que antes eran completamente agrestes. No perdí la oportunidad cuando en una de sus muchas interrogantes acabó preguntándome:
- Jorge ¿qué está pasando realmente en esta sucursal? Le ruego que me hable con toda sinceridad por muy dura que sea; no le importe la aspereza pues si todos me decís que esto va de maravillas, cosa que no es verdad y los números están en mi carpeta, o alguien se engaña o engaña porque está encubriendo algo, o es verdad lo que vengo pensando hace ya tiempo: que aquí no hay nadie que merezca la pena mantenerlo en el puesto de trabajo...
- La verdad es que es muy difícil tomar el camino de la acusación, pero es verdad eso que Vd. dice, o esto se arregla, o nos vamos todos al traste, y yo no quiero irme, sencillamente porque aquí cada uno sabe cómo es cada uno, desde el primero hasta el último. Yo sé lo que trabajo y sé lo que trabajan los demás por eso no quiero que me arrastre la estampida cuando en cualquier momento esta se produzca; que es muy triste pensar en ello sin que se le caliente a uno la sangre, especialmente por los años que llevo aquí ya y que como la empresa sabe son muchos.
- Lo bueno sería evitar esa estampida de la que habla ¿no le parece? - dijo con una sonrisa, al ,parecer, llena de magnanimidad.
- Sí, evidentemente, pero ¿cómo se puede evitar, en quién se puede confiar realmente con  la seguridad de que no habrán represalias?
- Confíe en mi, plenamente, hombre; estoy aquí, precisamente, para conocer el porqué de esta extraña situación ¿por qué una línea que había comenzado a ascender se viene abajo de la tarde a la mañana, y al parecer sin solución alguna?
- Está bien, pregunte lo que quiera saber; seré todo lo franco que siempre he sido si con ello consigue herramientas suficiente para recomponer este problema.
- No es necesario que le haga preguntas concretas, Jorge, puede hablarme haciéndolo en líneas generales y, no se preocupe, yo iré poniendo en orden cuanto me diga y cada información en su sitio.
Ciertamente que aquello no era una cosa determinada, aquello era, todo, desde el jefe con su forma de dirigir y a la que nadie le prestaba atención, hasta la manera de obedecer de los demás. Él creía que dirigir era estar haciendo continuamente concesiones para ganarse al empleado, y no era eso; había que hacerlo con amor porque cuando se hace con amor florece la disciplina; no, allí sólo jugaba el interés, y ya sabe, a más , más, pero cuando ya no hay más porque ya no queda, todo se viene abajo, se deja de responder.
No tenía ese don que poseen los que dirigen y es así como todo se le iba de las manos. Llegó un momento en el que ni organizar podía; no se sentía con fuerzas ni tan siquiera para llamar la atención ante una situación palpable.
Yo, particularmente, salía todos los días pero, volviera a la hora que volviera allí estaban todos, charlando, contándose historias, todo abandonado ¿es que ya no había interés por nada, es que se había perdido todo interés por el trabajo? me preguntaba una y otra vez, y cuántas veces llegué a decir mitad en serio mitad en broma que teníamos que cambiar, que teníamos que ser de otra manera. A él le daba igual, en el mayor caso de las veces estaba demostrando que lo suyo era sentarse en la oficina y contar sus batallitas, unas aventuras que ni él mismo se creía.
Así que yo hablaba y hablaba, contaba detalles y detalles de infinidad de sucesos acaecidos, y cuando me quedé en silencio, paz y congoja a la vez hicieron nido en mi interior, y ese conjunto de pensamientos llamado mente me entró en un mar de tristezas.
Mi acompañante se dio perfecta cuenta del esfuerzo realizado por lo que también guardó silencio un buen rato, al final del cual y con acento consolador me dijo:
- No puede imaginarse cómo agradezco su sinceridad y el desvelo que está demostrando por la empresa; no dejaré pasar mucho tiempo para demostrárselo; ahora le puedo decir con absoluta tranquilidad que no estuve equivocado cuando decidí salir con Vd. el primero; me sorprendió ver un carisma que en raras ocasiones veo; veía en Vd. algo que me decía me ayudaría mucho en esta ingrata labor que me había sido encomendada.
- Celebro su forma de entenderlo y espero que el haber sacado todo ello sirva para algo; me sentiría bastante mal si al final todo esto no sirviera para nada -dije mirándole fijamente.
- ¡Servirá, amigo Jorge, servirá! No le quepa la menor duda; Vd. tranquilo y a esperar que me cuentan los demás, y por favor no tenga nada de esto sobre su conciencia porque lo único que ha hecho ha sido cumplir con su obligación.
La semana pasó rápida; la oficina era un hormiguero de suspicacias y misteriosas miradas entrecruzadas, no sé porqué, pero lo cierto es que todo aquello me hacía gracia a la vez que me llenaba de temor, porque aunque dijera que yo no tenía que preocuparme de nada, la verdad era que no podía evitar el dejar de preguntarme si todo ello al final serviría realmente para algo.
El Viernes por la mañana el Sr. Torres me llamó al despacho para pedirme si por la tarde podía llevarlo al aeropuerto; le dije que sí y me agradeció el que le hiciera el favor.
El coche cruzaba la ciudad; ambos íbamos en silencio; me sorprendió que pasara el tiempo y no me comentara nada por lo que decidido le pregunté:
- ¿Cómo fue la visita que hizo con el resto de los compañeros?
- Lamentablemente todo lo contrario que con Vd.; nadie tiene problemas, todo está muy bien; todo funciona perfectamente, y, bueno, aseguran que si no va todo lo bien que quisiéramos es porque todo el mercado se ha venido abajo.
- ¿Y Vd. qué opina sobre todo ello? -le dije acentuando mi interés.
- En principio, que no dicen la verdad, por eso llevo un rato dándole vueltas a la cabeza, a ver cómo le planteo a Vd. lo siguiente: Yo desde luego pasaré a Dirección General todos los informes tal cual, incluido el suyo naturalmente, pero, mucho me temo que deseen hablarle personalmente.
- Muy bien, pues si he de ir a la central porque quieran hablar conmigo lo haré con mucho gusto.
- ¡Conforme! Estaremos en contacto y, gracias por todo ¡ojalá tuviéramos mucha gente como Vd.!
- Gracias, pero a mucha gente también hay que ayudarla a que se pueda hacer.
- Tiene Vd. mucha razón, en fin, lo dicho, le tendré informado, hasta la vista. -dijo sonriéndome al tiempo que se apeaba del coche en dirección a la terminal de salidas.




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