sábado

LA NOVELA IV



Trozos del espejo


                                                            CAPÍTULO CUARTO


Gracias a la costumbre que tengo de venir al centro de la ciudad andando, no sólo cruzo el puente como a él le gusta, dando un paseo, sino que además puede ocurrirme en ocasiones lo que hoy.
Quien camine por la acera izquierda de la calle San Pablo, verá que muy cerca de la plaza de la Magdalena, existe una tienda exposición de pinturas en cuyo escaparate y sobre pequeños caballetes se pueden admirar algunas de las obras más importantes que tienen en cada momento; algunas veces he llegado a pensar en que todo el mundo puede disponer de ellas para poder disfrutarlas.
Caminaba despacio, como siempre, sin prisas, recreándome en todo cuanto aquella tarde me podía ofrecer, y de hecho me ofrecía; una tarde que se fue haciendo poco a poco de la época que estaba viviendo. Después de una mañana soleada, aparecieron unas nubes obligando al sol a quedar oculto entre ellas, como si del juego del escondite se tratara.
Con este comportamiento nada caprichoso de la Naturaleza viva y latente en cada uno de los seres que habitan este planeta, se adivinan los distintos pensamientos que acuden a algunas gentes cuando por haberse escondido el sol tras una gran nube tarda en salir de nuevo.
En una de aquellas ocasiones, aprecié una sensible falta de claridad; miré el reloj que llevo en la muñeca izquierda; las cuatro y veinticinco de la tarde -me dije-, hoy también he salido antes; elevé la mirada hacia el cielo y no pude ver la nube, porque me dio la impresión de que todo el firmamento que podía ver entre los perfiles de áticos, azoteas y la inmensa arboleda allí existente, estaba impresionantemente cubierto.
Y llegué, llegué y me quedé maravillado ante la belleza con que me estaban regalando aquel instante. A medio metro largo del cristal que protege el escaparte del exterior, y sobre un extraño, pero original soporte artístico, había un cuadro cuyo contenido era la más hermosa puesta de sol con la que el hombre pudiera soñar tener, como imagen perfecta, maravillosa e irrepetible, para su deleite personal y particular.
El éxtasis hizo presa en mi estado de ánimo y ambos unidos lograron que se me humedecieran los ojos, incapaces de respetar mi deseo de que entorpecieran tan magnífica visión en esos minutos.
Debía encontrarme muy lejos de allí en aquel momento sublime, tal vez sentado sobre un peñasco muy cerca, frente a la grandeza de aquel conjunto dorado que ahora parecía, que, como largas lenguas de fuego, sus destellos llegaban hasta mi esquivando los diferentes objetos de arte que estaban expuestos.
La calidez del momento se vio abortada por elementos contrarios a ella misma; unas gotas de agua no muy fría golpearon mi cabeza en su natural incursión sobre la reseca tierra; había comenzado a lloviznar por lo que me pegué lo más que pude al cristal, y me refugié bajo lo que parecía una ancha cornisa más que un voladizo. Ahora estaba mucho más cerca de la belleza de aquella pintura, no podía remediarlo, me encontraba...
Salí nuevamente del encantamiento. Ahora, gracias a unos golpecitos suaves que alguien me estaba dando en la espalda; iba a volverme, pero preferí no hacerlo; no sabía de quien se trataba; el caso es que me centré en el reflejo del cristal que en ese momento y dada la semioscuridad ambiental producida por los nubarrones que se habían hecho presentes, se convertía casi en un espejo, y así pude notar su presencia, pude verla; tras de mi y un poco desplazada, su imagen quedó perfectamente centrada sobre aquel sol de lienzo que me pareció tan vivo como si realmente fuera el natural.
Agudicé la visión sobre aquella zona del cristal, y puse en práctica la para muchos, teoría del si quiero, puedo, y lógicamente la teoría se hizo absoluta, por lo que como quise, pude; ahora estaba viendo sus rasgos perfectamente definidos, con toda claridad, y fue eso lo que hizo que me girara ciento ochenta grados quedando los dos frente a frente; la tomé por el brazo y la atraje hasta el pobre resguardo que nos ofrecía compartir la fachada del establecimiento, al tiempo que ella me saludaba poniendo en su rostro la más infantil de las sonrisas mientras me decía:
- ¡Hola!
- Hola, que sorpresa ¿no? -le dije correspondiendo sonriente al saludo.
- Sí, la verdad es que ha sido una maravillosa sorpresa, no esperaba verte tan pronto -dijo sin poder ocultar su contento.
- Yo sí, siempre hay que esperar; sólo los que esperan pueden ser recibidos.
- Me maravilla oír como tienes siempre la frase justa en cada momento, pero dime: ¿cómo estás?
- Muy bien; a ti no te lo pregunto, pues sólo con ver como te brillan los ojos para mi ya es suficiente.
La fina llovizna que había estado cayendo hasta ahora, se volvió llovizna gruesa que, sin grandes deseos de perjudicar, sí nos estaba fastidiando por aquello de que no teníamos donde guarecernos, momento este que aproveché para mirar nuevamente el reloj y ver que ahora sus agujas hablaban de las seis menos diez. El cielo había echado un toldo de color gris oscuro que amenazaba gran cantidad de agua en el momento que un rayo lo rasgaba por algún lugar. Me dio la impresión de que ella estaba pensando lo mismo ya que me dijo:
- ¡Nos vamos a mojar de lo lindo!
- Me quedé un tanto sorprendido, porque esta era una expresión particularmente familiar que no oía casi desde niño. Luego, mirando una vez más hacia arriba, siguió diciendo: - Me gustaría que nos guareciéramos en algún lugar y conversáramos mientras se calma esta lluvia.
- ¡Cómo quieras, -le dije.
Ciertamente ya me había hecho a la idea que acababa de plantear pues andando y con aquella lluvia que prometía no descansar por un tiempo, no podría seguir trabajando, por lo que le ofrecí: -¿Que te parece si nos metemos en una cafetería y tomamos una taza de té? -¡Perfecto! Aunque se me acaba de ocurrir ¿que te parecería irnos a casa de mi madre y mi hermano? Ellos viven muy cerca de aquí, y precisamente tenía intención de verlos esta tarde, además les agradará conocerte pues ya les he hablado algo acerca de ti, de tu forma de ser y de pensar, y también de nuestro encuentro...causal; por cierto, mi hermano me pareció bastante interesado en todo cuanto a ti y nuestro encuentro le estuve comentando.
- Como tú quieras, siempre será mejor porque en esos sitios públicos no suelo encontrarme a gusto dado el ruido que hay aun a pesar de todo, y creo que también me gustará conocer a tu familia. También quiero decirte que esa expresión de causal que has empleado, me ha gustado, es señal de que pones buena atención a lo que digo.
- ¡Gracias! Seguro que te gustará mi familia, -me dijo sintiéndose feliz ante la decisión adoptada por mi parte.
- ¿Tienes mucha familia? -le pregunté un segundo antes de caer en la cuenta de que me había hablado sólo de su madre y su hermano.
- No, sólo mi hermano que es soltero y vive con mi madre.
- Deduzco de ello que la que vive separada eres tú; nunca me hablaste de este tema.
- Es cierto, y ni siquiera conoces mi nombre.
- He preferido respetar tu silencio en la seguridad de que cuando desearas decírmelo, así lo harías.
- Ahora lo deseo, me llamo Laura, ¿y tú?
- Yo me llamo Jorge.
- ¡Jorge! ¿cómo aquél que, según la leyenda, luchó contra el terrible dragón? -dijo, en cierta medida un tanto divertida.
- Pudiera ser; no todos tienen la oportunidad de salvar de las garras de ese dragón a la hija de un rey, -le contesté siguiéndole la corriente en el mismo tono.
- ¡Me gusta el nombre! Y el significado de aquella lucha, tampoco todos tienen la oportunidad de convertirse al cristianismo, motivados por un favor semejante.
- Pensando en el comentario que hizo siguiendo al mio, comenzamos a caminar acelerando el paso cada vez que nos obligaban a separarnos de la protección que nos ofrecían los salientes de balconadas y terrazas, mientras ella me iba contando como vivía, de qué y del porqué se había separado del pequeño núcleo familiar...
- Cuando se murió mi padre, nos quedamos los tres solos; mi madre no es muy mayor, y además se conserva muy bien. Mi hermano es casi de mi misma edad, pero arrastra desde muy joven una enfermedad congénita que le impide andar con soltura por lo que está sujeto a una silla de ruedas, aunque si no es por mucho rato, puede valerse sin ella asistido por unos bastones. Su pasión fue siempre la pintura, también el atletismo, pero eso ya pasó a la historia. Su única ayuda es la que le proporciona la venta de algunos cuadros sobre los que dicen son bastante buenos. Él, no sale, pero tiene amigos que vienen y le traen gente interesada en su obra que luego vuelven y le compran; la verdad es que no le va mal del todo. Muchas veces me dice que le gustaría ver cumplida la ilusión que tiene de pintar al natural pero, noto como se entristece cuando le oigo decir en broma que si tiene que estar de pie y con los bastones, tendría que ponerse la paleta en el hombro y el pincel en la nariz.
- No creo que por ello tenga aburrimiento, -le dije con simpatía, porque estaba notando en ella un cierto aire triste.
- No, siempre está enredado con algo, y así transcurre su vida, entre la pintura, la música y la lectura, leer le gustó mucho siempre, sobre todo la literatura religiosa en general; ¡ah! y a mi madre la quiere mucho. A mi madre también le apasiona la literatura religiosa, pero a ella de forma un tanto particular; a ella de todos los temas de la iglesia, el que realmente le apasiona es el de la figura de Jesucristo, todo cuanto gira alrededor de Él.
Cuando llegamos al portal de su casa, el cielo se abrió por un costado y una inmensa cortina de agua se abalanzó sobre los tejados y las calles embriagando el ambiente con ese aroma de fresca humedad que produce la lluvia primera después de mucho tiempo sin llover.
Subimos la escalera por tener la vivienda en la primera planta; llegamos ante una puerta que me pareció tan clásica como llena de historia y llamó a un timbre cuyo sonido relacioné con aquellos antiguos.
La puerta se abrió tras un breve instante de espera, y ocupando casi todo el hueco de luz apareció una señora en cuya esbeltez pude apreciar que debía haber sido en su juventud, no muy lejana, una mujer muy hermosa. Al ver a su hija, su rostro se iluminó con la preciosa sonrisa de esa ternura que sólo pueden mostrar las madres en momentos como aquel, momento un tanto particular cuando juega el factor sorpresa.
- ¡Qué sorpresa! Pasad -se ofreció dando unos pasos hacia atrás dejando la puerta libre.
- ¡Buenas tardes! -dije yo correspondiendo a la invitación.
- ¡Hola, mamá!
- Hola hija mía ¿Cómo se te ha ocurrido venir precisamente hoy con una tarde como la que se ha puesto? -dijo la madre mostrando un enfado lleno de cariño.
- Porque no creí que fuera a ponerse así la tarde; a la hora que salí hacía tan buen tiempo que ni siquiera me preocupé de coger un paraguas. Mamá, te voy a presentar a ése buen amigo que he conocido hace pocos días y del que os hablé ¿recuerdas? Se llama Jorge.
- ¡Tanto gusto! -dijo la madre mirándome.
- Jorge, ésta es mi madre ¿verdad que es muy guapa? ¿a que se conserva muy bien? -dijo Laura, con la mayor sencillez, echándole el brazo por encima.
- La verdad es que no has exagerado ni un ápice, ¡se conserva muy bien! Es un placer conocerla, señora, -dije un tanto azorado, mirándola a los ojos e intentando seguir la corriente abierta de la hija.
- ¡Ah! Se llama Leonor, -dijo Laura casi sin dejarme hablar.
- Muchas gracias, ya hacía tiempo que no me daban oportunidad de sonrojarme, -dijo ahora Leonor dándole un abrazo a su hija.
- ¿Dónde está mi hermano que quiero presentarle a Jorge?
- Si no está en su cuarto debe estar en el estudio, pintando.
- ¡Vamos a buscarlo! -dijo Laura haciéndome una indicación para que la acompañara.
- Os voy a preparar una taza de café; estoy segura que os vendrá muy bien con este tiempecito, -dijo la madre sin apartar de su rostro esa sonrisa que lo hacía todo esplendorosamente agradable.
- ¡Gracias mamá! -le agradeció Laura mientras ya caminábamos por el largo pasillo, aunque se volvió y le dijo a su madre que por favor me hiciera un té, ya que recordaba que yo no tomaba café, detalle este que le agradecí con una sonrisa.
A medio pasillo, Laura me tomó de la mano; era un pasillo ciertamente largo a cuyos lados se ofrecían varias puertas por parejas. Dio unos golpes en una de ellas, y al no obtener respuesta alguna, la abrió muy despacio; supuse que sería el dormitorio, y al abrirla del todo pude ver un cuarto vestido con un mobiliario bastante arcaico pero, de una sobriedad magnífica, y perfectamente distribuido en el que de una forma ordenada se encontraban elementos de todo uso, propios de la pieza, además de un equipo de música completo, libros...
- ¡Aquí no está!
- Seguimos pasillo adelante hasta llegar a una puerta que se encontraba en el mismo frente del fondo; en ella dio varios golpes tenues con los nudillos. Desde el interior resonó una voz firme y varonil diciendo que estaba abierto.
Sin más, Laura abrió la puerta. De espaldas a ella y envuelto en una bata de color guinda, pero que se veía que era ropa de trabajo, se encontraba un hombre bastante alto y de anchos hombros que, sentado en una silla de enea, se enfrentaba con la obra pictórica que en ese momento ocupaba toda su atención. Sigilosamente, procurando no hacer ruido, se fue acercando a él, cubriendo con las manos sus ojos al tiempo que preguntaba de forma infantil:
- ¿Quién soy?
- Él, sin sobresaltos, ni tan siquiera inmutarse, respondió colocándose sobre la cabeza un trapo que tenía en la mano y que, sin duda, debía ser de limpiar los pinceles.
- ¿Tal vez, Caperucita Roja que ha venido a casa de su abuelita? -dijo el hermano con una expresión que me hizo sonreír.
- ¡No, soy el lobo!
Ambos hermanos se echaron a reír, y Laura colocando las manos sobre los hombros de su hermano y haciendo un pequeño esfuerzo, lo giró un poco hacia donde estaba ella. Su hermano intentó levantarse pero ella hizo un gesto y él, al entenderlo, continuó sentado mientras que con sus brazos le rodeaba la cintura cariñosamente y se daban unos besos que me llenaron de profunda alegría.
Él,tenía ahora toda su atención volcada sobre ella; la tomó de las manos y le dijo bromeando:
- Eres la única que viene a verme, aunque no es tanto como quisiera pero, al menos una vez por semana puedo sentirte aun más cerca, -a lo que ella respondió con cierta emulación de seriedad siguiéndole la broma.
- ¡Claro! Soy la única hermana que tienes, por cierto, hoy viene a verte alguien más.
Haciendo un gesto de agradable asombro, puso las manos a cada lado de la silla, y con un movimiento sincrónico, y perfectamente estudiado, se giró todo hacia la puerta en la que aun me encontraba en silencio, observando aquella deliciosa escena que, espontáneamente, habían montado los dos hermanos. Al verme se sonrió, y me sorprendió porque de pronto, y mirándome fijamente, dijo:
- ¡Sé quién eres!
- ¡Pero, no sabes como se llama! -dijo Laura haciendo un mohín que hizo sonreír al hermano.
- ¡Ni tú tampoco!
- ¡Yo, ya, sí!
- Entonces, seguro que me lo vas a decir.
- ¡Naturalmente! Se llama Jorge, y es el amigo del que te hablé el otro día cuando hablamos por teléfono, -dijo al tiempo que hacía que me adelantara para, acercándome al hermano, presentármelo diciéndome que él era Guillermo.
Ambos expresamos el placer que sentimos al conocernos, aunque yo quise hacerlo deforma diferente, por lo que apunté:
- Es un placer conocerte Guillermo, hermano de Laura.
Esta expresión no sé por qué me salió así; luego más tarde pensaría que el subconsciente me indicó que allí había un grato ambiente, tan serio como informal, y que estaría bien que yo también participara en el desde el principio.
Laura hizo un inciso para darle al hermano el resultado de una gestión que, al parecer, le había encargado días atrás en una de sus últimas visitas.
Mientras ellos hablaban, me dediqué a ver de forma panorámica aquel estudio; desde luego menos ordenado que el cuarto, y era comprensible: marcos, tubos de pintura, jarras con toda clase de brochas y pinceles de todos los tamaños, bocetos, y así casi todo sobre unas mesitas móviles que estaban colocadas de cualquier manera dando la impresión de que cada una de las veces que Guillermo se movía de una lado para otro, tenía que ir quitándolas de su camino, no obstante, allí se respiraba armonía. La suave melodía que una respuesta musical, en calidad de adagio salía de unas cajas acústicas colgadas en la pared, inundaba cada rincón de aquella estancia en los que en uno, con una lámpara de pie, y otros con una especie de rinconeras, daban descanso y cobijo a libros, y unas colecciones de discos de entre las que me pareció se destacaba una de música clásica.
Completamente abstraído con aquel momento, no me di cuenta de que me estaban hablando a mi espalda; de pronto, aunque sin alterarme, me volví.
- ¿Se encuentra bien?
Esta pregunta me la hizo la madre de Laura, que se encontraba en el pasillo y ante la puerta del estudio; también se interesó Guillermo que acababa de hablar con ella, diciendo:
- ¿Estás bien, Jorge?
- Sí, muy bien -afirmé, y seguí diciendo- lo que ocurre es que Albinoni me ha transportado momentáneamente por los aires de su adagio a otro lugar. Gracias.
- El café, y el té, están preparados, ¿venís al salón, o preferís que os lo traiga aquí al estudio?
- Mejor aquí, mamá; voy contigo y te ayudo a traerlo, -se ofreció Laura atendiendo la indicación de Guillermo.
Laura se perdió con la madre por el largo pasillo camino de la cocina, mientras Guillermo y yo nos quedamos a la espera. Me dí cuenta de que estaba un poco nervioso, por lo que pude adivinar que estaba presto para preguntarme algo, como así sucedió.
- ¿Cómo fue que os conocisteis? -dijo refiriéndose a mi primer encuentro con Laura.
- Exactamente igual que como te comentó Laura por teléfono, según me dijo ella te había contado.
- Sí, pero verás, igual no me he expresado bien, quiero decir... -Guillermo se había quedado un poco en suspenso.
- Sé lo que quieres decir, y no hay nada de casualidad en ello. En todos los órdenes de la vida, a veces las personas se ven mezcladas por extrañas circunstancias sin que para ni siquiera ellas mismas, tengan o puedan encontrarle un sentido, sin embargo, donde quieras que te encuentres, y en el momento que sea, todo, absolutamente todo cuanto suceda dentro o fuera de ti, estará sujeto a un por qué fuera del alcance de la tuya, y de otras muchas comprensiones, lo sé, como también sé que llegará un momento en el que posiblemente Laura, o tú mismo preguntareis algo tan desconocido para mi que habré de salir como un errante en busca de encontrar la enseñanza que me pueda permitir más tarde una respuesta, si es que he de ser yo el que tenga que darla.
- Laura me dijo que no sabía nada de ti.
Eso es tan cierto como elemental. Cuando no se pregunta, no se conocen las respuestas, pero tampoco creo que sea muy necesario explicar desde la “a hasta la z” quien soy yo; créeme, no tiene mayor interés, lo que sí es interesante...
La entrada de Laura portando una bandeja con una cafetera, una tetera y unas tazas, y su madre llevando otra con unos dulces, interrumpió lo que iba a decir, y vino muy bien, porque al intentar desviar de mi persona la atención que Guillermo centrara en ella, estuve a punto de decirle que lo verdaderamente importante era lo que él estaba pintando; hubiera cometido de palabra el mismo error que cometí con el pensamiento.
La madre se acercó, y con un tono muy amable me sirvió la taza de té, al tiempo que Laura también hacía lo mismo con su hermano.
Tomamos aquella improvisada merienda hablando de cosas sin importancia, entre las que no pudo faltar el agradecimiento por esa lluvia que se había hecho presente por la tarde, y que era seguro que nadie esperaba. Al terminar, la madre le dijo a Laura que no se moviera, que ella recogería el servicio y se iba a la cocina; así lo hizo y un instante después que hubiera salido nos quedamos los tres solos.
Guillermo buscó en uno de los bolsillos de la bata y extrajo una pipa, la llenó de una cajita bellamente decorada que tenía sobre una de las mesitas, y la encendió. La primera bocanada que lanzó al aire hizo que comenzaran a formarse en él caprichosas figuras que se fueron desvaneciendo mientras que Guillermo hacía una pregunta.
- ¿Qué piensas de la muerte, Jorge?
Antes de contestarle le pregunté por su signo zodiacal, y también si conocía su ascendente; me contestó que era Acuario, pero que no sabía cual pudiera ser su ascendente, por lo que pensé que, en principio, podía ser una persona difícil de convencer. Algo me dijo en mi interior que me tranquilizara, que yo no estaba allí para convencer a nadie, que yo me encontraba en aquel lugar sólo para responder, y que luego, se aceptara o no mi respuesta ya era una parcela de la historia que no me correspondía, por lo que dije que me parecía entender que para él no existía otra muerte más que la de la persona que fallece, por lo que me limité a decirle rotundamente que la muerte como tal no existe, y si es que se refería a otro tipo de muerte me lo aclarara.
- No, me refiero concretamente a...
- ¡A la muerte de tu padre! -le interrumpí ahora cayendo en ello por lo que Laura me había contado anteriormente acerca de su familia.
- ¡Sí, exactamente! -dijo Guillermo quedándose un tanto sorprendido.
- La verdad es que, en ese sentido, no puedo particularizar, por lo que deberás entender que cuanto te diga acerca de ello será en gran medida con carácter general, luego, ya sacarás tú tus propias conclusiones, y si aun así te persisten algunas dudas te recomiendo que con tranquilidad: medites y reflexiones. -¡Conforme! Pero, ¿qué quieres decir con eso de que la muerte no existe?
- Mira, tu sabes que la personalidad del individuo esta compuesta, digamos que de dos cuerpos, uno material y otro Espiritual; supongo que tú aceptas que el cuerpo espiritual se encarna en el cuerpo material al nacimiento de éste, -le dije dejándole caer las palabras tan despacio que realmente las asimilara.
- No, no lo tengo del todo claro, pero sí, sé de que me estás hablando.
- “Bien, la muerte no existe, porque si conoces aquello sobre la energía, ya sabes entonces que ella no muere, ni se destruye, ni tan siquiera desaparece; lo único que sucede es que cambia, se transforma. Ambos cuerpos son cuerpos de energías, una visible y otra, vamos a llamarla invisible, pero que al igual que la primera también está ahí de forma asombrosamente concreta.
- “El cuerpo material con su fallecimiento, lo único que hace es cambiar, transformarse, ya que después de un tiempo se convierte en polvo. Sigue estando ahí, ahora bajo otra imagen diferente. Dentro de esta parcela existen sus excepciones: personas que quedaron en la indiferencia porque no fueron de interés para nadie y cuyos restos jamás importaron donde fueran a parar; y personas que dejaron tan grato recuerdo por su comportamiento que sus seres más queridos, unos toman directamente ese polvo y lo depositan en la tierra con el fin de que pueda quedar como abono, alimento y vida para unas plantas determinadas y escogidas, o lo que es lo mismo que continúe alimentando a la vida. Y otros, indirectamente, piden que la Naturaleza les dé la oportunidad de cumplir una misión semejante.”
- ¿Cuántas veces te habrás acordado de tu padre? Lo has estado recordando bajo la influencia de nostálgicos momentos de felicidad que ya pasaron, -le dije mostrando una tierna sonrisa ante su forma de mirarme.
- Muchas veces. Yo quería con locura a mi padre; era un hombre muy bueno y extraordinario, -dijo Guillermo con la voz un tanto ahogada.
- Guillermo, en cierta medida, aquella energía, al menos para ti, no ha desaparecido mientras lo recordabas; esa actitud amorosa hacia él iba generando a su vez otras energías, y esas energías hacen que disfrutes del momento como sí él estuviese realmente aquí, como si viviera eternamente.
Comprendo muy bien lo que sientes con esa muerte; es muy duro, pero es necesario porque si no fuera así no habría posibilidad de un reciclaje; una de las leyes principales del Universo es precisamente la contemplación de lo repetitivo en todos los órdenes, si no fuera así, te aseguro que no podría haber existencia.
Hay que tener en cuenta, que la muerte es también aprovechada como “Karma”, aunque de ello hablaremos en otro momento, siempre si lo deseáis, naturalmente.
- ¡Te aseguramos que si! -dijo Laura, al tiempo que el hermano pedía una especie de adelanto.
- “En eso de que todo tiene una razón de ser, aunque a veces no se entienda, o no quiera entenderse, entran las leyes kármicas. Habréis observado posiblemente de cómo hay personas que ante la muerte de un ser querido se han sentido felices porque éste dejó de sufrir; en cambio otras, se sienten infelices, no entienden nada y además se permiten lamentar lo dispuesto en razón de un comportamiento determinado. El grado de muerte, también es un instrumento de los muchos que posee el plano Superior para favorecer o desfavorecer determinadas acciones, determinados comportamientos en otros.
- “Así y sujeto a las leyes universales, llega un día en el que al igual que se aparece se desaparece. El cuerpo físico incluida la mente como materia, es devuelto a la materia, mientras que el Espíritu, y el Alma llena de actos positivos convertidos en conocimientos, abandona el plano material físico y regresa al plano Espiritual que le ha de corresponder, ahora en función de la riqueza en sabiduría que hubiera podido adquirir en esa encarnación.”
- Entonces, ese “Juicio final” del que tanto se habla, y en el que se dice nos preguntarán y habremos de responder de todas y cada una de nuestras acciones... ¿quién lo hace, y como es eso? -quiso saber ahora Laura.
- “Bien, si pensarais un poquito, con total imparcialidad y profundamente en ello, el quién lo hace lo tendríais muy claro. Evidentemente, el cuerpo físico, la mente, no podría hacerlo, sencillamente porque ya no existen y aún en el caso de que lo hicieran, como muchos aseguran que es así, a la hora de la muerte (en ese Juicio) ya me diréis las cosas o actos que iban a confesar. La mente diría poco más o menos que su comportamiento fue el propio de un santo o una santa.
- “Es el Espíritu, el que una vez liberado de ella, y en consecuencia de todas las lacras que la mente le estuvo aportando durante su trayectoria terrena, el que se manifestará gracias a su nivel de inocencia y pureza tal cual es.
- “Una vez realizado ese Auto-Juicio, será el Tribunal de las altas jerarquías superiores el que decidirá a que plano Espiritual le corresponderá ir, y en el que una vez estudiado y analizado el conocimiento que posee, se le tendrá un tiempo en el que estará preparándose para cuando llegue el momento de una nueva venida, de una nueva reencarnación, en la que ocupando otro cuerpo físico, continuará su trabajo de evolución hasta llegar a conseguir el más alto grado de los escalafones celestes.”
- Oye, y esa historia que montan algunos cuando dicen que después de la muerte se pasa por un negro túnel en el que se ve una luz al final... ¿cómo es eso realmente? -preguntaba ahora Guillermo.
“Yo no quisiera caer en la misma trampa que esos que tu mencionas; como tampoco voy a negar que en alguna ocasión lo he oído. Lo que si os puedo decir categóricamente, es que nadie puede volver, y por consiguiente, nadie puede saber cómo es, sencillamente porque para el plano que acaban de abandonar ya no existen de ninguna de las formas o maneras. Son dimensiones distintas y cuerpos diferentes entre los que, a partir del fallecimiento, jamás volverán a tener la más mínima relación.
“En cuanto a ese negro túnel, estoy de acuerdo en la definición porque entre el plano Físico y el Astral, existe un espacio que es la parcela del Inframundo y que nosotros hemos ido formando con la creación de energías negras cuales son nuestros actos negativos, nuestras acciones negativas.
“Si el individuo, por decirlo de alguna forma que pueda ser un poco comprensiva, fue un “santo”, valdría también decir: un ser intachable, no habrá para él túnel alguno, en este caso sería como abrir y cerrar una puerta en cuyo otro lado está la Luz; si por el contrario, esa parcela de energías negativas es abundante, es ancha, se encontrará ante la necesidad de atravesarla y en cuyo final también estará, como es natural, esa Luz.
“Por todo ello, es de suma importancia que nuestro comportamiento ético sea el que nos dé mediante su actitud positiva, la posibilidad de no encontrarnos ante un túnel de menor o mayor medida, y sí de una simple puerta”.
- Sin embargo, es lo que dicen algunos además de que luego alguien vuelve para contarlo, -insistió Guillermo al que pude observar un tanto nervioso.
- Bueno, cada uno puede decir lo que quiera, lo que pueda o lo que sepa. La cuestión es que el discernimiento de ello te ponga a ti, concretamente, en uno o en otro lado de la aceptación a la respuesta.
“Es verdad que se manipula mucho el que el Espíritu sale del cuerpo y más tarde vuelve a él, y no sólo en el tema de la muerte, sino hasta en situaciones como pudiera ser un accidente, una intervención quirúrgica, y en los que se cuenta cómo el cuerpo físico esta en una parte mientras que el cuerpo Espiritual se encuentra en otra, como observándolo, para volver a entrar luego, aquello que también es conocido como el desdoblamiento de los cuerpos.
“Eso no es posible porque como os he dicho anteriormente, el Espíritu trae consigo, intrínsecas de él, dos órdenes muy concretas que le fueron dadas antes de partir hacia su destino en el plano Físico: Una, que jamás influirá sobre las decisiones que el individuo vaya a tomar, ya le puedan estas favorecer o desfavorecer en sus actos, ya que está obligado a respetar el libre albedrío que le fuera otorgado; Y otra, que jamás abandonará el cuerpo físico. Si sale, si abandona el cuerpo que le fuera encomendado, bajo ningún concepto podrá volver a entrar, y esto sucede sólo y exclusivamente una vez en la vida de cada individuo, en el caso de la muerte, cuando el cuerpo físico ha cumplido con el cometido de su actual encarnación; es así, y no hay que darle más vueltas. El cuerpo físico no puede vivir sin el Espíritu, como el Espíritu fuera de su plano o en periodo de transmigración no puede vivir sin un cuerpo físico”.
- La verdad es que me has dejado de una pieza, -hizo Guillermo este comentario al tiempo que miraba a su hermana.
- Ya te lo dije por teléfono, se expresa con una seguridad que para mí, particularmente, es alucinante, -dijo Laura correspondiendo a lo dicho por su hermano.
- ¿Cómo lo veis ahora, más claro? -les dije mirándolos a los dos con el fin de observar sus reacciones.
Como si se hubiesen puesto de acuerdo, ambos hermanos exhalaron un largo suspiro que para mí fueron muy significativos, y en cuyo final dijo de nuevo Laura: -Creo que lo veremos más claro aún cuando hagamos de todo lo que nos dices, y que estoy segura nos seguirás enseñando, centro de las charlas que de vez en cuando solemos tener los dos cuando vengo a verlo.
- Y yo me alegraré mucho de que así sea, porque todo lo que gira alrededor del ser humano, son los temas de la vida, pero, hablar de lo que estamos hablando, “es el tema”, y este sólo encierra en sí las ideas y conocimientos del Universo.
Acababa de decir estas palabras cuando me dí cuenta que apenas podía verlos a ellos; tanto Laura como Guillermo eran imágenes un poco difusas, entonces reparé en que había oscurecido bastante, y entendí que ellos no habían querido en estos momentos romper el ritmo de mi exposición y posterior diálogo. En ese momento, Laura se levantó y encendió la luz de la lámpara que estaba en el rincón. El estudio quedó bañado con una iluminación cálida e indirecta que se me hizo muy agradable. Iba a decir algo, cuando la puerta se abrió y apareció la madre con una sonrisa que lo inundaba todo; dirigiéndose al grupo, dijo que tendrían que contarle algo acerca de eso tan interesante que, al parecer, estábamos tratando.
- ¡Ya te lo contaremos mamá! -se apresuró a decir Laura.
- Venía a deciros que estoy preparando la mesa, y quería saber si Jorge se va a quedar a cenar, ¿se quedará? -dijo Leonor sin apartar de ella sonrisa.
Aun a pesar de haber reparado en la oscuridad, no había sido así con respecto del tiempo transcurrido, y mirando el reloj que estaba encima de uno delos muebles, pude advertir que habían dado las nueve de la noche, por lo que me limité a decirle a Leonor que le agradecía la invitación pero, que hoy no debía quedarme, aunque dejé en el aire la promesa de que lo haría, con mucho gusto, otro día, si me volvía a invitar claro; este comentario lo hice ofreciéndole también una sonrisa.
Leonor me miró a los ojos muy fijamente diciéndome que no me preocupara, que en su casa estaría invitado siempre, y siempre que yo así lo deseara.
Apenas había terminado de hablar la madre, cuando Guillermo insistió diciendo que me quedara a comer con ellos.
- ¡Quédate! A mamá le gustará que te quedes, y a nosotros también y así tendremos tiempo para seguir conversando ya que no creo que Laura se vaya con esta nochecita.
- ¡Qué remedio! -dijo Laura con cierto tono de broma.
- ¿Lo siento por todos! Y creedme si os digo que también por mí. Me siento muy a gusto pero, hoy debo volver pronto a casa; sinceramente he de reconocer que aquí me siento muy bien, la paz y la armonía hacen en general buenas y blancas energías.
Abandoné el confortable silloncito en el que había estado sentado y una vez en pie, me dispuse a salir del estudio. Me despedí de Guillermo, que estaba sonriente, con un fuerte apretón de manos, apretón que el retuvo entre las suyas con fuerzas. Me impresionó su afectuoso saludo de despedida. Laura me dio un beso; me acerqué a la madre para estrecharle la mano y tomándome por los brazos también me besó. En ese momento y ante tanta muestra de cariño quise cambiar de opinión, pero algo me dijo que por hoy estaba bien, y decidido caminé hacia la puerta. Dije hasta otro día, y ambas mujeres me acompañaron por el largo pasillo hacia la salida; en ella se volvió a repetir una parte de la despedida anterior y bajando la escalera abandoné la casa.
Ahora caminaba por el acerado; había cesado la lluvia y las calles aparecían en una calma inhabitual. Llegué a la altura de aquella tienda, y aunque estaba en penumbras, no me pude resistir a la tentación de mirar el escaparate, pegué la frente al cristal, escudriñé la vista y vi con sorpresa que aquella puesta de sol no estaba; le habían echado por encima y de forma nada acostumbrada un paño de color gris pardo como queriéndola resguardar, ¿de qué? ¿Acaso quisieron que esa noche no contrastara con la misma noche?
Como en rebeldía, aun estuve unos minutos frente aquel escaparate que ahora no ofrecía más que tinieblas. No conseguía entender de cómo, y sobre todo de quién podría haber partido aquella extraña decisión. Un pequeño escalofrío provocado, tal vez, por lo fresco de la noche me hizo dejar de lado aquellas tontas elucubraciones mías por lo que decidí dejar de pensar en ello.
Continué caminando de regreso a mi casa sumergido en el recuerdo de la tarde pasada; elevé la mirada hacia el cielo y aun a pesar de estar casi cubierto, me pareció ver el alegre titilar de una pequeña estrellita que parecía querer decirme que siguiera adelante, que aquel era mi camino...












3 comentarios:

  1. Amigo Santiago estoy leyendo tu novela la cual me parece muy amena aunque creo sinceramente que este tipo de literatura tan profunda no cuadra con estos tiempos que vivimos de tanta violencia, desigualdad y abusos... Saludos. Marcos.

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  2. Santiago, me olvidé de preguntarte si esta novela la estás escribiendo ahora y la estás poniendo sobre la marcha o ya estaba escrita. Marcos.

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  3. No, Marcos, esta ya estaba desde hace algún tiempo. La segunda la estoy transcribiendo ahora para ponerla también en el blog; a la vez que le hecho también un tiempo a la tercera... Saludos.

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